Publicado por el día 7 diciembre, 2017

La función del mito en José María Vasconcelos

The role of myth in José María Vasconcelos

Víctor José Sobrino Gómez

Universidad Autónoma de Yucatán

Recibido: 13 de diciembre de 2016.
Aprobado: 08 de febrero de 2017.

Resumen

Relatos como el mito de la Atlántida han cumplido una función retórica al establecer puntos de unión para sociedades altamente fragmentadas. Este ejercicio podemos apreciarlo en mitos fundacionales de naciones emergentes en el siglo XIX y edificadores como en el México del siglo XX en el proceso de institucionalizar la Revolución de 1910. El discurso de Vasconcelos cumple este motivo tanto en su producción textual, como en su oratoria y personificación misma. Aún más, recrea tales mitos en sus fundaciones educativas.

Palabras clave: Vasconcelos, literatura, retórica, mito, Psicoanálisis

Abstract

Stories like the myth of Atlantis have fulfilled a rhetorical function by establishing connecting points for highly fragmented societies. We can appreciate this exercise in foundational myths of emerging nations in the nineteenth century, and builders like in Mexico of the twentieth century in the process of institutionalizing the Revolution of 1910. The speech of Vasconcelos fulfills this motive both in its textual production, as in its oratory and personification itself. Even more, recreate such myths in their educational foundations.

Key words: Vasconcelos, Literature, Rhetoric, Myth, Psychoanalysis

“El sufrimiento desaparece cuando se le da sentido.”
-Viktor Frankl “Para dominar a la naturaleza hay que obedecerla.”
                                                                                        -Francis Bacon

“Jamás estarás solo. Viajarás muy lejos, mi pequeño Kal-el, pero no te abandonaré ni aun cuando la muerte nos lleve. La riqueza de nuestras vidas pasará a ti. Todo lo que tengo, lo que he aprendido, mis sentimientos, todo eso y más pasará a ti, hijo mío. Seré tu compañero todos los días de mi vida. Harás de mi fuerza la tuya. Verás mi vida a través de tus ojos y yo la tuya a través de los míos. El hijo se convertirá en padre y el padre, en hijo. Este es mi legado, todo lo que puedo darte, Kal-el”.
                                                                           -Superman (Película, 1978)

José María Albino Vasconcelos Calderón (1882-1959), fue un intelectual neoplatónico en el México del siglo XX. Él, al igual que muchos contemporáneos de su época, pretendía crear una aristocracia fundamentada por el genio. La promovía a partir de símbolos ancestrales tanto de la América precolombina como grecorromanos. Con las tradiciones orientales también era altamente ecléctico. Y con una denominación católica, sigue la línea tradicional del vidente como un profeta que augura la redención de la patria mexicana, mientras alaba a la vez a sus poetas como a bardos.

La principal diferencia, a mí parecer, de este autor con sus contemporáneos es defender activamente la superioridad del hombre iberoamericano, y esta promoción construida a partir de una justificación mística. Con ello, llegó a promover ideologías, creencias y disciplinas militares e intelectuales de ambos hemisferios, a cambio de un mayor apoyo político y en cuya tarea fue configurando diversas tramas. Pero no era el único, el espíritu de la época en diversos países del mundo se basaba en la creación de estas élites intelectuales para ser columnas de un nacionalismo propio que ahora solemos percibir, instruidos en perspectivas diferentes, algo extremo. Estos regionalismos estaban sustentados en una ascendencia común, provenientes de tribus autóctonas, con alguna línea consanguínea ancestral que suponía proveer un favor divino. Y así como la figura del cómic Superman de literatura fundacional viene a representar la supremacía estadounidense al configurar Kriptón, un planeta mítico tecnológicamente superior cuyo gen en la Tierra sería el mismo Superman, así el mexicano, como leyenda, portaría un potencial mitológico al descender de los atlantes.

Todo parece depender de la retórica, el auditorio puede ser persuadido siempre y cuando la premisa posea una coherencia ideológica. Es decir, se llena un espacio en sus creencias y valores anteriores y al percibirse circular, el argumento se nos revela como la verdad. Al parecer, percibimos lo verdadero no tanto por su contenido lógico y racional sino por conocido y familiar. De la misma manera se definen las interacciones apropiadas: a través de conciliar la realidad arquetípica de la naturaleza y aprender las relaciones aceptadas en la sociedad a la que se pertenece. Tales serían las funciones del entimema argumentativo y la metáfora respectivamente (Gill, 2008).

Debo decir que el concepto de mito trágico que utilizo en el presente texto no es el usual moderno (a partir de Nietzsche), sino el aristotélico que considera el mythos como una trama o síntesis de la acción, que no constituye el papel fundamental de la narración. La tragedia es como una mímesis de la vida: “una visión compartida del mundo y una idea de lo común y lo familiar, frente a lo extraordinario y lo imposible” (Trueba, 2004: 20-21). El logro de lo verosímil por parte del poeta, en este caso, el compositor de la narración, es un efecto poético que da lugar a una idealización artística. Es decir: “La composición de los hechos (systasis) es el principio (arché) y el alma (psyché) de las tragedias, aquello que las hace ser lo que son […] está gobernada por el propósito y el diseño” (Trueba, 2004: 16). Entonces, según Aristóteles (1999): “no corresponde al poeta decir lo que ha sucedido, sino lo que podría suceder, esto es, lo posible según la verosimilitud o la necesidad” (p. 1451a). Esta necesidad es supuesta (entimémica): “el poeta debe ser artífice de mitos más que de versos, ya que es poeta por imitación e imita acciones” (1451b). Es así que el autor poético enseña gracias al mito un papel en lo universal, uniendo términos inconciliables a través de lo enigmático. El público es sorprendido y al descifrar el sentido da de cara con una nueva percepción de la realidad.

Por otro lado, según Aristóteles, el recurso más asistido es la metáfora y la describe como la sustitución de un nombre por otro para dar significado y ver con el misterio revelado un mundo distinto. La revelación de la belleza, del placer estético, es un asombro agradable al salirse de lo ordinario. Entonces la poética no sigue las reglas de una coherencia externa, contigua de la sociedad que lo produce, sino que “el poeta puede presentar lo imposible de una manera convincente. Lo irracional tiene cabida en la poesía” (Trueba, 2004: 36).

Por su parte, Matamoro (1982) nos expone el concepto de creación mítica con la vida y la muerte ideal: Eros y Tánatos son pulsiones rivales, Isis y Osiris son hermanos provenientes de un incesto, siempre resultado de transgredir la norma. Lo nuevo, el genio, es tabú y está consagrado a algunos cuantos prodigios justificados con relatos ancestrales. Llenan los espacios vacíos en los sistemas culturales, las consideradas intervenciones divinas (los milagros, por ejemplo) son correcciones improvisadas de paradojas o sinsentidos humanos. Improvisaciones tanto narrativas como de carácter cultural, tal como el deus ex machina improvisado en las tragedias griegas.

Vasconcelos concibió este carácter poético con ideas ampliamente aceptadas para mostrarlas como la clave del progreso. Pretendía unificar a un país dividido por multitud de poblaciones y darles una dirección alterna a los ideales del positivismo, el logro de bienestar social por medio de la unión nacional al reinventar mitos relegados durante el siglo XIX. Nos interesa especialmente analizar cómo recreó el mito de la Atlántida ya que:

Pueden descubrirse maneras de hablar culturales en los rituales interpersonales, los mitos y los dramas sociales de la vida de una cultura […] un marco conceptual para explorar la relación, mutuamente dependiente, entre la comunicación y la cultura […] ambos promueven el empleo de una perspectiva émica (es decir, desde el interior de cultura) para examinar el discurso cultural (Gill, 1997: 234).

Podemos percibir que, como fundador de muchos de nuestros mitos nacionales, Vasconcelos nos remite a la promesa liberal del Paraíso en la Tierra más allá del lenguaje legal, por medio de un lenguaje mitológico. Su revisionismo cubrió una necesidad de la psique humana, que nos vincula a través de una creencia en el misterio, la metafísica de nuestra génesis. Desde las profundidades del abismo la belleza sobrenatural, el éxtasis divino, panacea del mundo, es la literatura esotérica de la piedra filosofal. En esta significación, de alquimia medieval, se encuentra “el lazo de unión largamente buscado entre la gnosis y los procesos del inconsciente colectivo que observamos en los hombres hoy en día” (Jung, 1929: 7).

Este gen o espacio simbólico representa una fuerza sagrada que ha existido desde siempre y que es descubierto a través de las dificultades que han de superarse en el monomito (el viaje del héroe de toda narrativa), cuyo final acontece cuando se revela el respectivo secreto de la leyenda. En ello suelen presentarse dos entes femeninos: la sabiduría y la tentación, lo verdadero y lo falso, luz y oscuridad (Campbell, 1972). En realidad, si ponemos atención, el filósofo Platón hacía referencia a esta sagrada fuerza al decir que hay dos caminos para describir la divinidad (o descubrirla para entendernos mejor): el logos y el mythos, pudiendo coincidir en la misma trama. El estudio considerado serio, pertenecería al mundo de la logia, estos tratados se apoyarían en lo empíricamente comprobable. Un poeta en cambio, hablaría sobre los seres divinos con mitos: una narrativa que provoca una conciencia y no razonamientos que apelen a los sentidos. De esta forma, la línea filosófica de Platón se debe a las creencias agnósticas, donde vemos a los eruditos de estas antiguas tradiciones pertenecer a alguna de 3 disciplinas: videntes, druidas y bardos; siendo estos últimos los encargados de pregonar la metafísica (Duque, 2010).

También Platón fue el primero en mencionar públicamente la existencia de la Atlántida, cuya desaparición la data a 9000 años A.C. Sus diálogos Timeo y Critias la evocan como una pacífica isla de tecnología y administración de recursos muy fructífera. Al describirla como la existencia de una ciudad ideal, volvió este concepto una razón para el debate desde entonces. La pregunta retórica más asistida ha sido si es puramente imaginaria o tiene hechos históricos. La importancia de esta cuestión recae en la probabilidad de su replicación. Aristóteles afirmó que es sólo una metáfora y hacia la Edad Media fue olvidada, pero el interés por esta isla tragada por la tierra regresó en el Renacimiento europeo, donde incluso algunos autores se arriesgaron a ubicarla en América (Suita, 2014).

Francis Bacon (1561-1626), por ejemplo, recrea su texto La Nueva Atlántida (1627) tomando el misterio de una América recién descubierta. Aprovechó la imaginación desatada por tierras ignotas para expresar una sociedad altamente racionalizada, con instituciones sanitarias y una distribución ejemplar. Vino a explotar esa sensación de libertad, de lugares amables, abundantes y amplitud de espacios que aparentemente se necesitaban. Platón había sugerido un orden regido por la razón, desprovisto de una fundamentación mitológica y para los renacentistas el mundo era un lugar de valor por sí mismo, digna de estudio aun sin dioses; no era solo un lugar de paso, sino un lugar de construcción a futuro atlántica, sin añoranza arcádica (una época dorada de tiempo ancestral). Pero Bacon fue un precursor del positivismo al sugerir que, el discurso científico más que un camino para la verdad debía servir para la toma del poder, a la manera que hicieran los mitos de familias fundacionales (Herrera, 2013). Así, en la actualidad, hemos visto como se ha promovido a la ciencia como el nuevo credo progresista y a la robótica en la base para una nueva ciudad mítica.

Si el Renacimiento había puesto las bases de la ciencia como disciplina que busca la verdad de la naturaleza, la ciencia de la era moderna considera la ciencia como una disciplina para poner a la naturaleza bajo el dominio del hombre (Herrera, 2013: 112).

Tal discurso platónico se había vuelto la primera utopía. Elaborada en un comienzo para alabar los méritos del imperio ateniense hacia su decadencia, termina erigiéndose como un modelo. En la época contemporánea, el mito platónico continúa alimentando ideas filosóficas y ficciones literarias probablemente por la misma razón: es el ejemplo de una civilización perfecta que fue destruida, pero que conserva en algún gen su potencial para la posibilidad de ser reconstruida o imitada si tuvo existencia verdadera. Su propia corrupción mítica, es decir, cuando la guía se basa en bajos impulsos materiales y no la verdad intrínseca (ideas inmutables y perfectas) sigue la Paradoja de Fermi: la tendencia mitológica de la destrucción de cada renacer de la humanidad eternamente condenada, cuando sobrepasa el límite de su conciencia y pierde el control de su poder tecnológico. Es maldición a través de una dádiva traída a los hombres. En la mitología grecorromana, esta función fue ejercida por el titán Prometeo quien roba una chispa a los dioses para traerla a los mortales, lo que desencadena la conquista de la naturaleza y superioridad ante todo lo que habita en ella sea elemento o animal.

Literatura semejante puede ejemplificarse con la tragedia de Ícaro, quien representa a los hombres caídos a causa de una soberbia que los lleva a compararse con sus dioses. Y no conozco mejor ejemplo de personaje mexicano que osa quemar sus alas en alto vuelo, que el ego tipo Vasconcelos-Prometeo. Humanista, mujeriego, un erudito con habilidades de lectoescritura más allá de la competencia intelectual de su época, con pleno dominio del idioma inglés y conocedor de las políticas de frontera, Vasconcelos era lo suficientemente astuto para plantear diversas estrategias políticas argumentadas en mitos fundacionales y lo suficientemente apuesto para afirmar que en estos sería mejor que los brutos y feos no se reprodujeran. Incluso su tragedia moderna Prometeo Vencedor (1920), alaba la castidad como herramienta para impedir la procreación de la “barbarie humana”. La tragedia es que al final, con perdón del spoiler, esta es imperecedera en su forma “salvaje”. Si al final no apoyó la eugenesia será tal vez por un optimismo resultante de la dualidad del pesimista, o así aseguraría Schopenhauer: “Vasconcelos partió en Prometeo Vencedor de Schopenhauer: la vida era energía de ser (voluntad), y la grandeza humana consistía en ‘estar pletórica de irrealizables propósitos’” (Blanco, 1983: 76).

Pero la utopía de este intelectual mexicano, según Rey Romoy (2000), se vio plasmada desde su tesis de Jurisprudencia donde propuso su Teoría del Derecho y aseguraba la existencia de la Atlántida (1905). La prueba a la que se remite tal documento es el arte mítico, el hermanamiento explicaría las coincidencias entre aquella arquitectura piramidal y la hallada en los restos arqueológicos mexicanos. Sin importarle dejar los ojos cuadrados a propios y sinodales, la cuestión es que, en algún momento afirma que los mexicanos (mejor dicho, iberoamericanos) somos descendientes en su mayoría de los sobrevivientes de este mítico lugar y por tanto nos corresponde su gracia: “cada raza que se levanta necesita constituir su propia filosofía, el deus ex machina de su éxito” (Vasconcelos, 1925: 29).

También vinculó su caída a la dicha soberbia, como vicio de gobernantes en etapas de razas que hubieron de dividir la humanidad: amarilla, negra, roja y la blanca actual, todas predestinadas a desaparecer. La ascendencia de la población mexicana sería la roja, originaria de los atlantes. Ya no importaban los dioses, escribió, los hombres se habían de enfocar a las virtudes de su proveniencia (Vasconcelos, 1925). Teorías parecidas a esta, abundan a lo largo del siglo XX, cuando aún comenzaba la rigurosidad científica de ahora. La relevancia de esta conceptualización consiste en estar dicha por esta personalidad prometeica reflejada en la cruzada de la Secretaría de Educación, iniciada por Vasconcelos para la década de 1920. Sí, Vasconcelos estaba alienado, pero era una alienación muy productiva. Suficiente ímpetu vio en tal examen de grado Antonio Caso para invitarlo a participar en lo que sería el Ateneo de Juventud, para entonces un colectivo sin nombre que editaba la revista Savia Moderna (1906). La edición duró menos de un año, pero fue uno los primeros impulsos educativos que conformó la intelectualidad mexicana del siglo XX (Blanco, 1982).

Savia hace referencia a la energía creadora, lo que corresponde al chí de la mística oriental, la libido freudiana, o al eros grecorromano (en culturas prehispánicas: samia). Vasconcelos creía sus declamaciones reveladoras, exponía ideas que Antonio Caso consideraba hipnóticas y Alfonso Reyes necesitó defenderlo ante la rareza de tales opiniones y arrebatos. Caso, Reyes y Vasconcelos aquel fue el trio “espiritualista” del Ateneo (Fonseca, 1983). Al respecto, es interesante observar cómo interactuaban estas personalidades (sus personas retóricas), tan unidas y a la vez tan diferentes entre sí. Vasconcelos fue un místico, nos habla de introspecciones o mejor dicho de sus experiencias místicas. Era un loco, debía de estarlo. Gautama, Krishna, Jesucristo y otras figuras religiosas son personajes que se salen de los márgenes marcados por la sociedad que los creó. Es decir, estos seres rodeados por un misticismo de obsesión religiosa, no solo perdían de alguna manera el contacto con la realidad inmediata, sino que cumplían esta función de portal que en su consecución van absorbiendo todo lo que les rodea: el camino al cielo es a través de mí, dice un Cristo en el texto bíblico (Juan, 14: 6), para el cual, por supuesto, la muerte es ilusoria. En realidad, pareciera que Vasconcelos no tuviera idea de su realidad histórica, a él le interesaba la lucha mítica; la representación de estos arquetipos es de hecho, lo que produce dicho efecto magnético.

Tal aura corresponde a la pulsión de muerte (conciencia y deseo de mortalidad), el psicoide (espacio subjetivo del inconsciente colectivo) que define Jung, que está sitiado entre los análogos vida y muerte. Se define como adicción a un terror primitivo muy placentero, descrito como una sensación oceánica, de contemplación estética, orgásmica, con deseo por desaparecer, un vacío, de la inexistencia de un cuerpo adolorido y en proceso de putrefacción, un sitio donde el sujeto siente hallarse en libertad absoluta:

El hecho de lo inconsciente colectivo es sencillamente la expresión psíquica de la identidad, que trasciende todas las diferencias raciales, de la estructura del cerebro. Sobre tal base se explica la analogía, y hasta la identidad, de los temas míticos y de los símbolos, y la posibilidad de la comprensión humana en general […] comunes instintos de representación (imaginación) y de acción. Todo representar y actuar conscientes se han desarrollado de esos prototipos inconscientes, y se hallan ligados a ellos especialmente cuando la conciencia no ha alcanzado todavía ningún grado muy alto de lucidez, es decir cuando, en todas sus funciones, depende más de las pulsiones instintivas que de la voluntad consciente, del afecto que del juicio racional (Jung, 1929: 21).

Vasconcelos, en la época de un joven Ateneo, comenzaba a poseerse del psicoide. Una ética eudeumónica, que se revela en la estética del poeta (según vimos en Aristóteles). Fue Vasconcelos un intelectual obsesionado por vivir las experiencias daemónicas, ya sea eróticas (materiales) o trascendentales (místicas), cuyo único anclaje a este mundo fue su amada Adriana (no podía ser de otra manera, la mujer arquetípica imposible de domesticar es el ancla de lo masculino). Y al escribir este nombre no hago referencia a aquella soldadera de nombre Elena Arizmendi, en el cuál se basó en Ulises Criollo (1935) para expresar su sentido del amor (Krauze, 2011), sino a la configuración literaria creada por él a partir de este enigmático arquetipo. Misma figura que se presenta como una de los personajes principales (y tormentosos) de esta secuela autobiográfica La Tormenta (1936), al que le siguen 3 más: El desastre (1938), El preconsulado (1939) y La flama (1959). Pero es en este segundo tomo donde expresaría sus experiencias que fundaron la Secretaría de Educación (1921), ubicándose esta tragedia en el ciclo biográfico 1913-1920, de cuyo final parte la institucionalización de la Revolución mexicana. Así asienta en tal texto:

En estos instantes solemnes en que la nación mexicana, en medio de su pobreza dedica un palacio a las labores de la educación del pueblo, hagamos votos por la prosperidad de un Ministerio que ya está consagrado por el esfuerzo creador y que tiene el deber de convertirse en fuente que mana, en polo que irradia. Y finalmente que la luz de estos claros muros sea como la aurora de un México nuevo, de un México espléndido (Vasconcelos, 1936: 224).

Es un experto en hablar varios sentidos, sus frases pueden ser interpretadas a varios niveles y dependiendo de quién pregunta. Cuando él habla de una obra iluminadora no hace referencia solo a la extensión del conocimiento alfabético y metafísico, también alude a la luz arquetípica que permite que el debutante no se pierda en la oscuridad (muerte, desaparición, colapso). Aquello parece ser para él la catedral (obra magna) de la Educación. Es un sentido áureo, mismo de los bien conocidos cantores védicos, al rogarle a esta evocación divina-solar no permitirles perderse en su meditación en el Gayatri Mantra: “Om, burbuvájsvája, tatsavitúrváreniam, bargodevásiadímaji, díioionajprachodáiat”. Parafraseando: mientras no pierda de vista una luz que me sostenga, no me volveré parte de la oscuridad.

Antonio Caso, al contrario, fue un filósofo muy correcto, pues, sus creencias religiosas eran pregonadas con ortodoxia. Alfonso Reyes era de un peso moralizante, tal vez por la lógica de sus textos o posición social era legión y se inclinó ante medallas. Vasconcelos, fue en el grupo cuya arquetípica locura lo hace el ideólogo por excelencia: es un quijote; el único prócer suficiente insensato para sujetar la ardiente llama prometeica.

El intento de protección de los sitios arqueológicos de manos de los extranjeros, durante su visita secretarial a Yucatán (1922), parece ser parte de un plan para rescatar los secretos de la civilización arcaica. Desde el siglo XIX, agentes gubernamentales querían recrear el Renacimiento en México con nueva fe de ocultismo, intrigándose por la sabiduría antigua y los misterios del sur americano. Muy joven, Vasconcelos había visto cómo agremiados de distintas creencias y regiones lograban organizarse en una sola religión incluyente y que consideraba el rito supremo: un catolicismo no ortodoxo más apegado a la tradición judaica, gnóstica y hermética que la propiamente cristiana. Él la tradujo en una mística nacionalista. El arte popular nacionalista surgió de esta liturgia unificadora, una participación colectiva que se vio encumbrada con el muralismo (Blanco, 1982).

Y ello, con justas razones de evadir el positivismo predominante que renegaba de cualquier bandera opositora, hasta que fue truncado por la corriente humanista de los revolucionarios antirreleccionistas (Betancourt, 2014). La ideología positivista era opresora, se justificaba en que por naturaleza las leyes debían subordinarse al poderoso, una idea antiplatónica. Vasconcelos buscó una alternativa a la creencia eclesiástica (así como tecnócrata) del sufrimiento como camino de salvación, a través de la experiencia de una apreciación estética y maternal, más “mexicana” por festiva. Su idea, con la que seguía a Nietzsche, era que las zonas latinoamericanas eran dionisiacas al contrario de una Europa apolínea. Pretendía crear héroes no mártires, un mundo nuevo a través de preparar un hombre nuevo. Para ello, junto con Gabriela Mistral creaba un mito: el ideal de profesora inspirada en Minerva (un aspecto de Atenea que, por latina era más militar), cuando el magisterio era un ámbito hasta entonces dominado por varones (Blanco, 1982).

Su progresismo consistía en un individuo más apto, cuyo caldo de cultivo debía ser el escenario tropical y una educación integral que generará un ciudadano cosmopolita, la mejor adaptación para la sociedad futura. Así, giraba percepciones: al Norte, un infierno cada vez más salvaje, frío e infértil; al sur, el paraíso de la Patagonia liderado por el cultivado argentino (Vasconcelos, 1925). No pretendía únicamente instruir a la población, sino una trascendencia inspirada en las Enéadas de Plotino (helenismo, Grecia, siglo III). Para ello, llevó galerías, museos, óperas y toda actividad artística posible al espacio público donde incluso los poco interesados (ignominios) podrían advertirla. A sus agentes culturales los llamaba “bardos y heraldos”, pues, quería ágoras; así, “popularizó la actividad estética creando verdaderos circuitos de comunicación entre el artista, la obra y el público […] la obra no existía como tal, sino en relación con las conciencias” (Fell, 1989: 391-393).

Vasconcelos parece haber observado que el proceso educativo podía recrearse como un viaje del héroe, una iniciación a la manera de Heracles, quien con distintas pruebas enfrenta sus defectos y forja las cualidades del carácter para ser reconocido para crear una nueva identidad. Esto a través de una estructura de iluminación pitagórica que compone habilidades desenfocadas. Para Pitágoras, el Uno es el bien, mientras que el mal, lo que divide y lo dividido. La última prueba sería el sacrificio, la muerte del ser anterior para dar paso a uno nuevo o integración erótica de los espacios simbólicos en una sola personalidad: una vocación, oficio o papel social. Aquel es el alcance de la maestría (de los daemones), el despertar humano (Matamoro, 1982).

En efecto, la lectura de la filosofía pitagórica reveló a Vasconcelos que las cosas aparte de sus movimientos ordinarios comprobables con los sentidos, son capaces de vibraciones paralelas de nuestras tendencias íntimas […] permitirá a Vasconcelos hacer concordar sus reflexiones teóricas con posibles aplicaciones prácticas que se le presentarán al convertirse en ministro de Educación Pública (Fell, 1989: 369).

A partir de entonces, buscaría relegar la función de lo religioso en lo cultural, al proyectar como nueva función del estado la educación popular. Los egresados, portadores del nuevo egregor (esfera daemónica), deberían a la manera de los sabios de aquella república platónica, redimir el papel racial. Así, Vasconcelos llegó a expresar: hacen falta seres revolucionarios, pero ahora para gobernar (Fonseca, 1983). Recordemos que Heracles, una vez iniciado para su última tarea, liberaría al titán Prometeo para relevarlo. Este último en la obra vasconcelista representa al ser industrial, conquistador de las leyes de la naturaleza, pero aun no sublimado. El superhombre nietzscheano, el mestizo supremo, sería el integrante de la raza cósmica. Vasconcelos en ello eligió el vitalismo, una corriente de pensamiento hastiada del absolutismo que impedía participar al ciudadano común en los ejercicios de ámbito público.

Si la mística esotérica e irracionalista se había convertido en el punto de llegada del liberalismo, la democracia era la catapulta hacia el cosmos […] para ello [Vasconcelos] empezó a apropiarse de los lemas de la Revolución y adecuarlos a sus propias concepciones del arte y la cultura […] justificación que (exceptuando el cardenismo) los gobiernos posrevolucionarios han hecho de sí mismos como etapa mesiánicamente constructiva de la Revolución: el ejército de educadores y la imagen alemanista de una cruzada de empresarios por el desarrollo, por ejemplo (Blanco, 1982: 73, 79, 81).

Cualquiera dispuesto a creer estaría bien provisto de material: ademanes para, como reza el dicho adjudicado a Maquiavelo: “impresionar al vulgo”. Hacían sospechar aquellos aires misteriosos en intelectuales alguna relación con la divinidad. Vasconcelos mismo se anuncia como el regreso de Quetzalcóatl para su candidatura de 1929, se anunciaba una nueva era a través de la llegada del gran gobernante arquitecto, en contraposición de Huichilobos con el que se personificó a Elías Calles y sus representados empresarios estadounidenses (Blanco, 1982). No es de extrañar, la metáfora del dios constructor fue muy asistida entre los artistas cósmicos (1920-1929), quienes reconstruían la sociedad devastada por la guerra. Además, las propias convicciones y creencias de Vasconcelos llevaban a intentar una misión más “elevada” a través de toda clase de edificaciones cuya principal función fue representarse a sí mismos. Aquellas fueron ideas para construirse como el héroe mitológico moderno: Vasconcelos-Ulises en su obra Ulises Criollo (1935). El personaje arquetípico de explorador o viajero posee un raciocinio que le permite disfrutar de la belleza de sus viajes, artes y hasta paisajes prohibidos con percepción sobrehumana. Con Vasconcelos hay descubrimientos, epifanías, revelaciones, que van desde sus primeras pulsiones eróticas hasta un milagro de la Guadalupana que le sonríe y un encuentro con ovnis luminosos que engendran seres lumínicos. Así, en esta obra relata experiencias subjetivas desde que tiene memoria hasta el momento de la caída: el asesinato contra Madero y con él, sus ideales revolucionarios de cultura hispánica (que Vasconcelos representa en su madre católica). Curiosamente nunca tal muerte la expresa de manera directa, sino que relata con más detalle atisbos del evento conocido, volviéndolo misterio: “la Iglesia mexicana también se mostró alborozada. Desaparecía por fin, aquel presidente sospechoso de espiritismo” (Vasconcelos, 1935: 385).

De esta forma, mitifica a Madero, al “daemonizarlo” como una fuerza idílica, lo inmortalizaba ahora como concepto. Pero a pesar de presentarlo como un mesías, y a él mismo como su continuador, el verdadero mexicano preparado para la vida ecléctica no apareció. En el texto continua: “quienes por convicción nos inclinábamos a un acercamiento del Estado mexicano con la Iglesia experimentamos ira y desconsuelo” (Vasconcelos, 1935: 385). En su lugar, se queja, quedó el conservador servilismo al anglosajón: una barbarie que se iba adentrando al espacio de la ciudad, que consumía todo como una selva: la edificación del gringo tonto y ambicioso y el indio lleno de ingenio que se aprovechaba de cualquier situación, aunque esta fuera colonial. Así, expresa: “Sin duda los indios nos ponían el ejemplo, pensábamos, y el mito autóctono crecía. ¡Desesperado tiene que estar un pueblo que así fía su destino al elemento salvaje de su población!” (p. 274).

Al volverse un escritor consagrado, la última gran actuación vasconcelista fue volverse su primer mártir retórico. Su visión heroica (de espíritus coloniales) era relegada del canon, desde 1930 en adelante, por los mitos populares del caudillo militar y socialista. Se pierde interés en este mito cósmico original y él comienza una abundante escritura, ya fantasmagórica. Vasconcelos no encontró lugar en el mito tecnológico moderno en desarrollo, se personificó en él un hombre decimonónico que despotrica contra la modernidad hasta el final de sus días, observable en La flama (1959). Vasconcelos se manifestó contra el cardenismo, contra la modernización y contra el indigenismo en tonos altos.

Toda esta sincretización, si seguimos la teoría interplanetaria de Marshall (1989) tanto como la de Jung (1929) sobre la fusión entre occidente y oriente, es causada por nuevas tecnologías y su estallido psíquico convergente. Estos autores analizaron un cambio mental en grupos significativos de personas. El resultado podría compararse con la época helenista, aquellos años de florecimiento griego con Alejandro Magno y su posterior decadencia como imperio como consecuencia de un expansionismo sostenido por la guerra. La transformación de la psique simultánea entre lo oriental de un orden acústico y lo occidental dependiente de lo lineal alfabético (cristianizado, es decir, adoctrinado por medios psíquicos de propaganda), ocasionó cambios en los sentidos tanto fisiológicos como de concepto. Un cambio de atención entre fondo y forma, cuya reacción orgánica fue desarrollar una holística (formar hologramas: figuras en 3 dimensiones a partir de un solo plano) consecuente en creer la proyección de lo material a través de lo ideal para contradecir la propaganda extranjera. Esto porque la idea arquitectónica permite la interacción dialéctica y una mayor posibilidad de supervivencia del individuo al adaptarse a un nuevo entorno o edad. El ritual es un evento traumático, su función es superar la crisis por medio de la despersonalización, logrando con ello la súbita adaptación del individuo practicante (Campbell, 1972). El mito, de forma parecida, más allá de una iniciación que podría darse -por ejemplo- mediante la ayuda del teatro, al volverse narrativa devela una conciencia a manera de propuesta (Matamoro, 1982).

El concepto de la Atlántida fue en México la utopía de una nueva sociedad sublimada construida por habilidades superiores de artífices mexicanos. Surgieron artes como el decó indigenista y las tribus underground urbanas. Creo con todo, ya podemos apreciar cómo el mito atlántico originalmente helenista, fue convergido por Vasconcelos con la metafísica de Pitágoras. En este proceso, de convencer al auditorio en la posibilidad de otra existencia, los mitos así narrados pueden ser vistos como un género de persuasión en las costumbres elocuentes de la retórica. Su aristocracia fue fundamentada en la metafísica liberal del siglo XIX que buscó vislumbrar con mayor peso la proyección de las esperanzas humanas en el porvenir, por sobre la idea absolutista del progreso. Lo extraordinario fue ejecutor de la reorganización memorial.

La importancia en este caso reside en que, en movimientos como el descrito, la mitología (tanto textual como personificada) se ubicó en un punto medio para formar la conexión entre culturas en apariencia contradictorias. Los mitos como los aquí planteados, tuvieron un papel central para la unión nacional, tanto en los planteamientos políticos a escala pública como en la vida íntima del individuo en su cotidianidad. Y, en la presente, hemos podido interpretar a través de la obra vasconceliana algunas motivaciones mexicanas. ֍

Referencias

ARISTÓTELES (1999). Poética. Ediciones Elaleph. Recuperado de www.elaleph.com

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