Publicado por el día 26 abril, 2018

La repugnancia: una emoción política en el conflicto armado colombiano1Este artículo forma parte de la investigación Repugnancia y Vergüenza: Narrativas del mal en el conflicto armado colombiano, que se realiza en el marco de los estudios de doctorado en Ciencias Sociales, Niñez y Juventud, de la Universidad de Manizales – CINDE. Colombia, 2017

The repugnance: a political emotion in the Colombian armed conflict

Mary Luz Marín Posada

Universidad de Antioquia (Medellín, Colombia)

Págs. 41-55

Resumen

El presente artículo indaga la repugnancia en la vida política que ha sido sustrato del conflicto armado en Colombia. A partir de la revisión de distintos informes y análisis sobre la violencia en este país, se concluye que dichos estudios han centrado sus aportes en la vía de la racionalidad política, dejando de lado la configuración emocional de las violencias. Por esta razón, la perspectiva teórica en la que se sitúa este artículo entra en diálogo con la teoría de las emociones políticas de Nussbaum. Es decir, se les reconocen varios atributos a las emociones políticas, tales como el construirse socialmente, el ser comunicativas y dar cuenta de creencias y juicios.

Palabras clave:emociones políticas, repugnancia, conflicto armado, violencia.

Abstract

This article explores the repugnance in political life, which has been the subject of the armed conflict in Colombia. Starting from the revision of different reports and analysis on violence in this country, it is concluded that these studies have focused their contributions on the path of political rationality, leaving aside the emotional configuration of violence. For this reason, the theoretical perspective in which this article is placed enters into dialogue with Nussbaum’s theory of political emotions. That is, they are recognized several attributes to political emotions, such as building oneself socially, being communicative, and give an account for beliefs and judgments.

Keywords: Political emotions, repugnance, Armed Conflict, Violence.

Introducción

Este artículo indaga la emoción política de la repugnancia, la cual ha sido sustrato del conflicto armado en Colombia. Al respecto, la teoría de Martha Nussbaum (2008) propone que las emociones cambian a las personas hasta el punto de afectar sus juicios:

Las emociones son juicios, pero no juicios inertes; debido a su contenido evaluativo poseen una íntima conexión con la motivación de la que carecen otras creencias. Por otro lado, puesto que las emociones no pueden involucrarse en una situación dada, que genere un plan de acción concreto, son también diferentes de los deseos (p. 163).

En este sentido, la repugnancia como emoción política tiene una dimensión moral que deshumaniza, pues, le otorga rasgos contaminantes y de contagio a seres humanos considerados de menor valor o pertenecientes a distintos grupos o afiliaciones que no son parte del mismo lugar de enunciación moral. Es una emoción política que se aprende, en tanto está explícita en referentes de la socialización. Además, se reconoce su plasticidad emocional, ya que puede transformarse en otras emociones políticas; plasticidad que también puede acontecer en situaciones extremas que generen conflictos internos y, por consiguiente, pueda convertirse en una potencia emocional, capaz de resignificarse en acciones humanizantes. Para dar cuenta del lugar y de las características que ha tenido la repugnancia en el conflicto armado, se realizó una revisión documental de análisis e informes de la violencia en Colombia.

Marco conceptual

La repugnancia como emoción política en el marco del conflicto armado colombiano

La repugnancia es una emoción política que opera como mecanismo discriminatorio de quienes son cercanos o extraños a una comunidad. Se construye con otros, en procesos de socialización y comunicación, y lleva implícitos juicios de valor que obedecen a creencias y a los aprendizajes vividos en sociedad. Al respecto, Martha Nussbaum (2012) afirma que: “Su contenido de pensamientos es comúnmente poco razonable, pues encarna ideas mágicas de contaminación y aspiraciones imposibles de pureza, inmortalidad y no-animalidad, que simplemente no se condicen con la vida humana como la conocemos” (p. 27). Y, también:

La repugnancia tiene que ver con colocar el objeto a distancia y trazar límites. Le imputa al objeto ciertas propiedades que hacen que ya no sea miembro de la propia comunidad o mundo del sujeto, sino una especie de cosa extraña (Nussbaum, 2012: 196).

Es decir, la repugnancia es una emoción política que tiene atributos de valoración moral, clasificatorios de la sociedad y con rasgos que oscilan de una mayor a menor dignidad. Estos referentes valorativos son aprendidos en la cultura, y en este aprendizaje han tenido un papel central los preceptos religiosos convertidos en moral hegemónica, que se han traducido a la vida de la sociedad como las “buenas costumbres –en el marco de lo correcto”- que deben tener mujeres, hombres y los distintos grupos en general que conforman una sociedad.

Al respecto, Nussbaum (2012) insiste en señalar que el carácter aprendido de la repugnancia permite afirmar en concordancia la educabilidad de las emociones aprendidas. Esto significa que, así como gran parte de los procesos de socialización se han dedicado a promover el asco y la repugnancia como mecanismo de resistencia y de protección ante lo extraño, corrupto y contaminante, también estas formas específicas de la repugnancia, que llegan hasta el odio y la destrucción del otro, pueden ser deconstruidas en favor de prácticas de tolerancia.

Por otra parte, Nussbaum (2012) nos recuerda que aquellos objetos del cuerpo o producidos por el cuerpo, que simbolizan los materiales asquerosos más primitivos, como las heces, son objeto de deseo de los niños más pequeños, y les permiten establecer relaciones con los adultos. Incluso, pueden ser manipulados o ingeridos por los bebés sin que esto les genere asco y, por el contrario, se convierten en objeto de satisfacción y de fascinación: “En todo caso, se sienten fascinados y atraídos por sus heces, y la repugnancia, aprendida más tarde, es una fuerza social poderosa que convierte la atracción en aversión” (p. 115). El paso de la atracción a la aversión, o mejor, la tensión permanente de la vida entre atracción y aversión por ‘lo asqueroso’, se produce de manera directa por los adultos, quienes introducen la prohibición al acceso y la manipulación de heces, utilizando –como mecanismo de ‘educación’- expresiones de desaprobación directamente relacionadas con el asco. Esta misma aversión va a ser proyectada desde el mundo privado al mundo público, al asociar este asco con los olores y con las prácticas de limpieza de sus pares, extendiendo a ellos su rechazo, convertido ya en repugnancia.

Es la repugnancia, entonces, la que incorpora el asco y lo asocia con grupos de personas, es decir, la que queda fijada en el imaginario de la sociedad, convirtiéndose así en un catalizador para crear la frontera entre personas y grupos, al decir: esta contaminación existe y debe permanecer lejos de nuestros cuerpos puros. “En este caso, podríamos incluso afirmar, una vez más, que llamamos a la repugnancia en nuestra ayuda: al permitirnos ver a las personas malvadas como repugnantes, las distanciamos convenientemente de nosotros mismos” (Nussbaum, 2012: 198).

Por tanto, para gran parte de la sociedad, la repugnancia es un mecanismo defensivo que crea fronteras, inscrito en las subjetividades políticas, de modo que se constituye en un gran valor para los grupos autocalificados como decentes, limpios, buenos, honorables, civilizados, cultos, de clase, de buena familia. En consecuencia, se convierte en un contenido de enseñanza en los procesos de socialización, especialmente en la educación cívica, llamada de forma curiosa también ‘urbanidad’. Igualmente, se enseña como un mecanismo de prevención, como un radar hacia lo extraño, lo desconocido, proponiendo ‘habilidades’ para identificar a la persona ‘contaminada’, con la que un niño no debe juntarse. No tomar alimentos desconocidos es una enseñanza frecuente que evita el riesgo de probar algo asqueroso. En el mundo de los pares (niños, adolescentes) este es un elemento central en la inclusión/exclusión.

En la teoría de las emociones políticas, la repugnancia ha sido entendida como una emoción que le resta humanidad a otros, sobre todo a quienes se consideran como de menor valor. Además, en la vida política la repugnancia ha sido usada fundamentalmente como un mecanismo de subordinación y de subvaloración y, con ello, en los casos más extremos, ha justificado las acciones de desaparecer o eliminar al “repugnante”. Esta subordinación ha servido para quitarle al otro, o a los otros, cualquier carácter de humanidad. Así, en el primer informe de la comisión investigativa sobre la violencia en Colombia, elaborado en 1962, ya se reflejaba la repugnancia que sentían algunos actores de la vida política hacia otros por pertenecer a partidos políticos distintos:

No era capaz de vivir entre godos ni policías, le daban asco […] Era obediente por lo que le ordenaban y le daba pesar ver que sufrieran esas infelices gentes compañeras de desgracia, y de común acuerdo resolvieron que se pusiera al frente de las cosas para que no se les cogiera por sorpresa y que los acabaran por fin a todos como desde hacía tanto tiempo se proponían. (Guzmán, Fals Borda y Umaña, 2014: 207).

Durante el bipartidismo en Colombia, en la pugna entre liberales y conservadores, se agitaron consignas que invitaban a descalificar al otro y a reducirlo de manera despectiva. Aquí la repugnancia, como emoción política, actuaba como un referente en la comunidad, la cual era legitimada por los cercanos y, dependiendo del lado en que se estuviese, se repugnaban entre sí, hasta el punto de quererse eliminar porque les consideraban de menor valor, contagiosos y contaminantes.

Del mismo modo en que se utilizó la repugnancia para menospreciar a determinado partido político, también se han subvalorado a ciertos grupos o minorías étnicas de la sociedad colombiana, como los indígenas, a los cuales se les han eliminado costumbres, prácticas, creencias e incluso hasta sus propias vidas:

Los crímenes perpetrados [contra los indígenas] han buscado intencionalmente socavar y atentar contra la existencia de estas comunidades, agravando los daños provocados por la exclusión social, la explotación económica y la discriminación a la que histórica y sistemáticamente han estado sometidos (Centro de Memoria Histórica, 2013: 278).

Dado que se concibe al otro como contaminante, no basta con excluirlo sino que es necesario erradicar cualquier origen de contaminación, de manera radical, esto es eliminar todo rastro o huella para evitar su reproducción o contagio.

Repugnancia asociada a la contaminación en el conflicto armado colombiano

Tal vez la característica central de la repugnancia es que esta emoción se asocia con la contaminación. Dicha contaminación tiene una implicación social importante, ya que significa que se es portador de una sustancia perjudicial que no solo genera contagio, sino que impacta produciendo daño, degradación lenta y podredumbre. En palabras de Nussbaum (2012): “En todas las sociedades, sin embargo, la repugnancia expresa la negación a ingerir y, por lo tanto, a ser contaminado por un recordatorio potente de la propia mortalidad y de la condición animal proclive a la descomposición” (p. 118).

Algunas de las características atribuidas a los objetos señalados como repugnantes son: la degradación lenta, pestilente, desagradable a la vista, vomitiva, que produce contagio, contaminación, podredumbre, asociación o similitud con el objeto contaminante a partir del contacto con este y que por su acción nos podemos convertir en algo similar, ya que se considera que lo que ha estado en contacto con algo repugnante comienza a adquirir la misma propiedad. Además, el poder contaminante de lo repugnante no tiene límite:

Las cosas que han estado en contacto actúan una sobre otra, incluso mucho después de dejar de estarlo. De este modo, la gente suele negarse a beber de un vaso de zumo en el que antes haya habido una cucaracha muerta (Nussbaum, 2008: 237).

La contaminación está asociada a las secreciones y a los fluidos corporales, que mientras más expuestos se presenten en su estado puro y más repugnantes se presentan en la sociedad:

De ahí que las lágrimas sean la única secreción corporal que no se considera repelente, probablemente porque se conciben como algo único de los seres humanos, y por eso, no nos recuerdan lo que tenemos en común con los animales. Por el contrario, las heces, los mocos, el semen y otras secreciones animales se consideran contaminantes: no queremos ingerirlas y nos parece que quienes entran normalmente en contacto con ellas están contaminados. (Así ocurre con los intocables en el sistema de castas de la India, que tenían como ocupación cotidiana la limpieza de letrinas; en muchas culturas, se considera una contaminación y un indicio de extracción baja y vil la recepción oral o anal del semen) (Nussbaum, 2008: 236).

En el conflicto armado colombiano, los altos mandos de las distintas fuerzas se han aprovechado de la repugnancia que se siente por los fluidos como la sangre, los cuerpos desmembrados y descompuestos, entre otros, para colocarles pruebas a los actores armados, como el tener que ingerir la sangre de sus víctimas, desmembrarlas, enterrarlas o tirarlas de manera fragmentada a los ríos. Es aquí cuando los actores armados se horrorizan y tienen pesadillas durante largo tiempo con las súplicas y los rostros de las víctimas. Esto lo hacen los altos mandos con el fin de que sus subordinados pierdan el carácter sensible de humanidad, porque al quitarle la vida a los otros, y al contaminarse con su misma sangre, al naturalizarse y enfriarse, transforman esa emoción de repugnancia. Por consiguiente, le quitan el valor de humano a las víctimas, a veces interviniéndolas y faunalizándolas2Otorgarle a las víctimas el carácter de animal adjetivándolas como tal. para que terminen convertidas en objetos sin ninguna humanidad.

A continuación se reflejan formas de matar y rematar a sus víctimas por parte de algunos actores de la guerra, a saber:

Picar para tamal: es despedazar en trozos menuditos el cuerpo humano, como hacen los cocineros con la carne que va en el conocido plato popular; Bocachiquiar: la tortura consiste en sajías superficiales sobre el cuerpo de la víctima para que se desangre lentamente. A veces se encarga a los niños de este ejercicio de sadismo; No dejar ni la semilla: el niño muerto, asesinato de párvulos, para no dejar ni la semilla del bando contrario. Y en todos los sectores sin excepción; el corte de franela invento guerrillero, el corte de corbata de invención pájara, el corte de la mica, el corte francés, el corte de la oreja. (Guzmán et al., 2014: 247).

El acto de matar, en este caso, está motivado por la repugnancia hacia la víctima, expresada en la manera como se opera con sus cuerpos, sus fluidos, sus formas, transformándola en un objeto despreciable y asqueroso, con lo cual se pretende producir horror y escarmiento en unos, y de máxima humillación y dolor en sus cercanos. “No dejar semilla” se refiere a que ni creencias, ni memoria, ni nuevas generaciones provenientes de la víctima se reproduzcan.

Por ello, la repugnancia ha sido central en el entrenamiento del actor armado, ya que para ser reconocido en los grupos ilegales es necesario aprender a matar, como la prueba de que se es un guerrero. El mecanismo para desactivar las emociones que impiden matar es faunalizar o reificar a quien se debe matar. Esto facilita acostumbrarse a hacerlo, naturalizándose así el acto de quitarle la vida a otro. En este sentido, los actores armados se sirven de la emoción de repugnancia para deshumanizar a sus enemigos y poder lograr los propósitos de eliminación:

lo peor fue una vez que lo pusieron a sacar una gente […] tocaba desaparecer eso […] eran muchos y corte y al hueco, corte, al hueco. Casi no se me quita ese olor de muerto. Todo olía a muerto (Springer, 2012: 36).

La repugnancia como emoción política comporta plasticidades, en el sentido en que puede transformarse en otras emociones políticas, por ejemplo, la repugnancia de un actor armado por la sangre de los muertos se convierte en un riesgo en el momento de enfrentar al enemigo y, por eso, las fuerzas combatientes deben asegurarse que dicha emoción no juegue en su contra y que sus guerreros terminen acobardándose o evitando matar al enemigo, para lo cual diseñan estrategias de acostumbramiento y naturalización que contrarresten el asco que les produce el contacto con la sangre y con las expresiones de los cadáveres, así sean del otro bando.

1. Discusión

Repugnancia ante adscripciones políticas consideradas despreciables en el conflicto armado colombiano

En la vida cotidiana hay una percepción que suele tenerse frente a algunas personas o grupos de personas que son considerados repugnantes, en situaciones como respirar en un lugar común, estornudar en el mismo espacio, compartir el mismo vaso, incluso compartir un mismo lugar. Esto ha llevado a no transitar ni a compartir espacios comunes por temor a contagiarse y a contaminarse del otro considerado asqueroso: el otro se califica como efecto de lo repugnante y como reacción de resistencia, en un orden inferior, subhumano, al que debe subordinarse para impedir su acción contaminante. Esto se puede apreciar en retrospectiva, durante el bipartidismo, periodo denominado como “La violencia”, en el cual se optaba por el exterminio o la negación, ya que no se podía convivir en un mismo territorio con apuestas políticas distintas. Esto llevó al despojo, la intimidación y la eliminación de campesinos que portaban la insignia de un partido y esta afiliación les hacía perder todo valor en relación con los opositores. El mismo menosprecio se sentía también por los combatientes del enemigo, juzgados como mercenarios, tal y como lo refleja la siguiente estrofa de una canción de las FARC- EP:

Es la moral que por dentro lleva el guerrillero
y es eso lo que no tiene, no tiene, el soldado
que cuando viene a pelear lo hace siempre obligado
o se ha dejado comprar y pelear por dinero
algunos hacen lo que hacen pero es engañado
pero en ninguno hay amor verdadero.
El revolucionario es quien está dispuesto a darlo todo,
a darlo todo a cambio de nada. (Bis).
Lo que a la lucha nos empuja es el más hermoso ideal
y es con la fuerza de esta moral
que vamos a triunfar sin duda. (Conrado, 2011).

Se puede apreciar en la estrofa anterior una actitud que invita a subordinar y a menospreciar al enemigo a través de la música, como en la oración que expresa que el “revolucionario es quien está dispuesto a darlo todo a cambio de nada”, sin embargo, esta acción va acompañada de una mirada despectiva por el soldado que “pelea obligado y se deja comprar por dinero y que no tiene amor verdadero”. Es decir, aquí el guerrillero convoca a sus cercanos a darle un menor valor al soldado. Así mismo, con el objeto de producir repugnancia, el ejército de Colombia también hizo exhibiciones morales retadoras del “bien” para los escolares y la comunidad en general, ya que se creía que si estos participaban de dicha exhibición no iban a querer ingresar en ningún grupo guerrillero, como se expone a continuación:

Desquite finalmente murió […] el Ejército llevó los cadáveres de Desquite y de otros dos bandoleros abatidos, Sangre negra y Tarzán, en helicópteros a distintos pueblos y los expuso a curiosidad pública. En el Líbano, Tolima, se les daba a los colegiales el día libre para que fueran a aprender una nueva lección: la de la intimidación a la generación que apenas crecía. Las gentes acudieron por millares a reconocerlos, pero el Ejército no entendió el veneno oculto de estas romerías: algunos iban, ciertamente, a celebrar su fin; para otros era el último tributo de admiración. Quizás en todos había algo de lo uno y de lo otro (Ferry, 2012: 26).

Con el relato anterior, podemos observar que los militares se valieron de la romería para estimular un asco proyectivo ante los “espectadores” con el propósito de generar escarmiento, admiración por ellos y justicia por parte del gobierno. Los “espectadores”, por su parte, asqueados en la romería, erosionaron emociones diversas, pero dicho acto generó impacto en ellos y en las lecciones que se encadenaron en sus horizontes de sentido. Los militares expandieron la repugnancia que sentían por los bandoleros, extendiéndola al resto de las distintas comunidades: “El proyectivo es el asco que se siente por un grupo de otros seres humanos separados conceptualmente del grupo dominante y clasificados como inferiores por su (presunta) animalidad más acusada” (Nussbaum, 2014: 223).

El asco proyectivo o repugnancia, como categoría, al pasar del plano sensorial al de la construcción simbólica, se convierte en una emoción política, ya que trasciende la percepción biológica de asco y la extiende hacia las formas de ser y de actuar de individuos y grupos que, al generar estigmas, producen mecanismos de control, preventivos y represores de la posible contaminación o daño. De esta manera, dicha emoción permea decisiones, acciones y el reconocimiento también de la sociedad, mediante prácticas como el ser tratado de manera digna o indigna, el ser tenido en cuenta o humillado, entre otras formas de realización humana. A estos grupos discriminados, en ocasiones, también les son asignados roles y funciones en la sociedad relacionados con la basura, los fluidos, la sangre, lo putrefacto, entre otras cosas pestilentes, considerándoles parte del mismo sistema de relaciones contaminantes. Esto se evidencia en la siguiente cita, del tercer informe de la comisión investigativa, elaborado por el Centro de Memoria Histórica (2013):

Para no ser acusadas como causantes de la violencia que ocurría en sus regiones, muchas personas optaron por ocultar o prescindir de sus documentos de identidad, silenciar su pasado, mentir acerca de sí mismos e incluso negar sus creencias y preferencias políticas para evitar ser asociados con un partido o movimiento estigmatizado. Estas situaciones no solo causan angustia, zozobra y ansiedad sino que además afectan negativamente las identidades individuales y colectivas (p. 272).

La repugnancia como emoción política se asocia con las identidades sociales o políticas juzgadas como despreciables y merecedoras de asco. Además, se traslada hacia las personas cercanas o animales considerados asquerosos o a los que conviven con ellos, sea voluntaria o involuntariamente, manteniéndose así la vieja tradición religiosa de clasificar a los animales en puros e impuros o asquerosos:

Alrededor de los 6 años se fijará en algunos niños que por alguna razón, sean diferentes, y entonces dirá que tienen piojos, así que creará unos cazadores de piojos de papel y hará como si cazara esos animalitos en los cuerpos de esos niños. De ese modo lo que hará será establecer un grupo de integrados y otro de excluidos, y el de los excluidos será utilizado para que los integrados se reafirmen en la idea de que ellos están lo bastante lejos de provocar asco, de ser purulentos, hediondos o corruptibles (Nussbaum, 2008: 240).

En Colombia, la repugnancia ha sido decisiva en la manera en cómo se discrimina a los otros diferentes, los cuales se consideran como lejanos o enemigos políticos. Estas formas de hacer patria causan una polarización en el país, en donde se les asignan a las personas atributos de buenas y malas. En este sentido, se resaltan unas líneas que reposan en el informe ¡Basta Ya!:

Es una guerra que muchos colombianos y colombianas no ven, no sienten, una guerra que no los amenaza. Una guerra de la que se tiene noticia a través del lente de los medios de comunicación, que sufren otros y que permite a miles de personas vivir en la ilusión de que el país goza de democracia plena y prosperidad, a la vez que les impide entender la suma importancia de cada decisión, afirmación o negociación política para quienes la sufren, […] quienes viven lejos de los campos donde se realizan las acciones de los grupos armados ignoran que, por ejemplo, un acuerdo que pacte un cese al fuego representa para esos campesinos y campesinas la diferencia entre quedarse o huir, entre vivir o morir (Centro Nacional de Memoria Histórica, 2013: 22).

Además, en la vida política, la repugnancia ha sido aprovechada por líderes políticos y sociales para capitalizar a favor de sus posturas, mostrando al adversario como algo repugnante, provocando rechazo visceral en contra de grupos contrarios, reforzando el patrón cultural estigmatizante y, por tanto, naturalizando y legitimando su cacería. Un investigador mexicano, de mercadotecnia política, afirma al respecto:

El asco como emoción humana, a diferencia, por ejemplo, del miedo y de la ira, ha sido poco estudiada desde la perspectiva política, como parte de las estrategias de campaña para producir aversión y rechazo hacia los opositores. Es decir, bajo un sistema de competencia y pluralidad política, si algún partido, candidato o estratega de campaña logra que los electores rechacen a sus opositores a través de la creación del asco o la repugnancia, sin duda, construirá una ventaja competitiva muy importante a su favor en la disputa por los espacios de representación pública (Valdez, 2012: 3).

De esta manera, en quienes son objeto de repugnancia –y lo hacen consciente- es probable que se genere culpa y vergüenza, y por ende una posible autoexclusión, además de la que ya sufren por parte de los grupos ‘limpios’ de la sociedad. Al respecto afirma Nussbaum (2008):

El Con el asco ocurre algo parecido a lo que ocurría con la vergüenza originaria: la ambivalencia respecto de nuestro equipamiento corporal, su indefensión y su relación con la mortalidad y la descomposición, tiñe las emociones de la vida social del niño que madura, sembrando las simientes de algunos problemas morales y sociales que luego serán tenaces. (p. 240).

Así, esta forma de discriminación afecta de manera particular a los niños, quienes crecen en la “ambivalencia frente al propio cuerpo”, debilitando su construcción psíquica y moral. Por tanto, la repugnancia lleva implícito un juicio frente al objeto: “Incluso en los casos simples, en los que se les imputan, el asco no es un mero desagrado sensorial, pues está muy influido por la concepción que la persona tiene del objeto en cuestión” (Nussbaum, 2014: 222).

Ser objeto de repugnancia es convertirse en una posible víctima, puesto que, al ser visto como una amenaza la persona o grupo ‘repugnante’ queda sometido a la reacción de quien se siente agredido y también amenazado por lo asqueroso y contaminante. Por tanto, se generan acciones para que el ‘asqueroso’ desaparezca, sea de manera física, por violencia psíquica o moral o pierda sus derechos y su ciudadanía por vía de la exclusión social. De aquí, se produce lo que en Colombia se ha llamado, de manera eufemística, limpieza social, que se ha efectuado contra personas cuya forma de vida en las calles y apariencia física ha llevado a que sean cosificadas como objetos asquerosos.

La repugnancia, juicio moral y socialización en el conflicto armado colombiano

Así, para que se produzca repugnancia no basta con sentir un mal olor, ver algo desagradable, escuchar un sonido estridente o palpar algo de consistencia indefinida: la repugnancia lleva implícita la evaluación y el juicio frente a ese alguien repugnante o asqueroso, justificándose frecuentemente tal valoración en que eso repugnante puede representar peligro, malestar, incomodidad, desagrado. Por ejemplo, decir que los de tal grupo que huelen mal son asquerosos, casi siempre, es un juicio adquirido y se relaciona directamente con valoraciones imperantes en la sociedad. Por lo que la repugnancia está evidentemente incorporada a los procesos de socialización. En este sentido, los conflictos armados son escenarios intensos de socialización para sus actores. Aquí, los procesos de socialización se fundan en la minusvalía de los otros que hacen parte de otro bando juzgado a priori, al tiempo que merecen ser humillados. Dicha acción de humillación del otro enaltece más al actor de la humillación en la medida en que se coloca al otro en estado de cosa repugnante. Así, se tiene la siguiente expresión de un jefe guerrillero:

Mi lucha, y la de mis hombres, ha sido una lucha heroica, la hemos librado con decisión. Casi sin armas, hemos suplido esa deficiencia con el coraje que infunde la mística, la fuerza de la razón. Nos sentíamos asistidos por la justicia […] en cambio la policía y la contra chusma peleaban con armas modernas, pero sin fuerza interna que les acompañara. (Guzmán, 2014: 217).

La socialización en el proceso civilizatorio y en los conflictos armados, como parte de dicho proceso, se ha valido de la repugnancia. Tal como lo ha mostrado en forma extensa Norbert Elias, en su obra ya clásica El proceso de la civilización (2012): los procesos de socialización han instalado dispositivos de limpieza y de contención, formas estandarizadas de higienización, como el usar cubiertos, el ponerse pijama, ciertos patrones que colocaron a los seres humanos cada vez más lejos de los animales y determinaron costumbres llamadas ‘civilizadas’ como modos de clasificar, de distinguir unas personas de otras. Así, suele asociarse la belleza con la pureza y el orden, en contraparte con la fealdad, vinculada con la suciedad y el asco. Estos modos clasificatorios se constituyeron en estereotipos de comportamiento social; algunos de ellos, los ‘buenos’, los ‘civilizados, los ‘decentes’, los ‘puros’, los ‘limpios’, se convirtieron en referentes significativos de socialización, mientras que otros comportamientos considerados asquerosos fueron constituidos en estigma, asociados con el mal moral, los malos comportamientos, dignos de desprecio, de exclusión e incluso de eliminación: “El término estigma será utilizado para hacer referencia a un atributo profundamente desacreditador” (Goffman, 2006: 13).

El estigma a partir de la repugnancia opera así: mientras más cercanía con la animalidad, más repugnante se es, según un grupo dominante de la sociedad que se encarga de atribuirle el carácter de contaminante a ciertas personas y grupos. La repugnancia es la emoción política que se usa para quitarle al victimario toda sensibilidad frente a lo humano de su enemigo. Los victimarios como artífices de la guerra, al convertir a sus objetivos militares en fauna y animalidad, logran la potencia de dicha emoción hasta el hastío, lo que les va generando un sin sentido, propio de la guerra, que puede tener incluso un efecto de plasticidad al transitar hacia el miedo en el victimario:

Los bandoleros solían decapitar a sus víctimas para después proceder a desmembrar sus cuerpos. […] un victimario no procede a decapitar y a desmembrar el cuerpo de su víctima sin más. Lo hace, sobre todo, porque una vez muerto, el rostro del cadáver aparecía con los ojos abiertos y porque esa mirada le hacía sentir al victimario que su víctima aún vivía […] los ojos abiertos despertaban en los victimarios un extraño temor que hacía pensar que a quien se temía no era al enemigo vivo, sino a su cuerpo muerto […] el cruce entre las miradas de la víctima muerta y su victimario puede sugerir una suerte de desafío contra el deseo del victimario, de que su víctima no sea, después de todo, un ser humano (Uribe, 2009: 182).

Estamos en un territorio fragmentado, en el cual se habla de buenos y malos, limpios y sucios, puros e impuros. Es decir, en la sociedad lo repugnante y lo asqueroso está del lado de lo impuro, lo contaminante, lo malo, lo que hay que eliminar y que se instala como repugnancia o asco proyectivo.

Cada vez más, este estigma se va proyectando a otras generaciones que, por demás, casi nunca cuentan con la memoria histórica que les permita resistir y deconstruir estigmas. En consecuencia, los grupos objeto de repugnancia reciben un juicio más severo, llegándose hasta la exclusión del círculo moral de una sociedad determinada. Al respecto, se tiene que:

Como jurados o espectadores, somos incitados a reaccionar con repugnancia frente a los actos criminales de un asesino. En estos casos, somos empujados a ver a esa persona como a un monstruo, que se halla fuera de las fronteras de nuestro universo moral. (Nussbaum, 2012: 199).

Los procesos de socialización en los conflictos armados, y en particular en el caso del reclutamiento forzado de menores en Colombia, incorporan en el entrenamiento militar estrategias para aumentar la repugnancia hacia el contrincante, al tiempo que se busca eliminar la repugnancia que el muerto puede generarle al combatiente, de modo que este se acostumbre, normalice y faunalice la escena de matar:

Los más graves crímenes se causan durante las primeras etapas de la vinculación. En el marco del entrenamiento, los niños y las niñas son sometidos a un complejo proceso de deshumanización en el que se les prepara para asesinar con indiferencia, violentar sin límite y sin pudor. Los reclutan, los retienen y los obligan a convertirse en victimarios. (Springer, 2012: 9)

También:

A mí me dio duro porque el man primero que me tocó fue un amigo y yo no sabía que era él, se llamaba “x”; me mandaron, era un amigo de la infancia, desde chinches. Lo mandaron a matar porque era soldado, no era por nada más, fue el primero que maté, y dije no más, no más, no mato a nadie más y al otro día me tocó con otro y poquito a poco ya me acostumbraba a matar, la ayuda es la primera vez de matar a alguien y después se le quita a uno el miedo de todo, estando uno allá tiene que aprender a matar, o sea a mí me daba cosa pero […] pues ya normal, como si estuviera matando una gallina ahí quedaba. Joven desvinculado de las AUC (J. B., 2012: 61).

Quienes se vinculan con la guerra como actores deben pasar por un proceso de endurecimiento emocional frente a lo humano, en relación con la simpatía, el amor, la compasión que les genera la víctima. Con el entrenamiento se viven distintas emociones políticas como el miedo y la repugnancia, hasta puntos extremos, con el propósito de que los victimarios puedan ser aceptados, temidos, reconocidos y admirados, al tiempo que les permite blindarse de sentimientos de culpa y vergüenza. De esta manera, la repugnancia como emoción política, que busca alejar o eliminar todo factor o actor potencialmente contaminante de la sociedad, es más que una reacción espontánea a una sensación desagradable: es una construcción cultural, que se aprende a partir de los referentes morales que configuran los distintos ámbitos de socialización, según el lugar y momento histórico en el que se haya nacido. Desde la repugnancia se constituyen referentes prescriptivos sobre ser y estar en el mundo, que se cruzan a su vez con la filiación religiosa y política, con la condición socioeconómica, étnica, de género y generación, y que tiene como implicaciones políticas la atribución de superioridad moral –por tanto social- de un grupo sobre otro, teniendo como justificación para la realización de acciones discriminatorias argumentos ‘indiscutibles’ sobre la peligrosidad de los grupos ‘contaminados’ y, por ende, contaminantes.

La repugnancia ha sido utilizada también en los conflictos armados como justificación moral de eliminación del otro. Esto se refleja frente a delitos que tienen como argumento principal el haber sido un acto de defensa contra algo contaminante, mortal. El caso del homicidio de indígenas es ilustrativo porque el indígena representa para algunos miembros de la sociedad la suciedad, la incivilización, la podredumbre y el tener prácticas que se juzgan inmorales que están directamente relacionadas con la falta de pudor, el salvajismo y la animalidad. Por lo que de entrada, se juzga comúnmente como asqueroso y despreciable.

En el segundo informe de comisión investigativa de la violencia, elaborado en el año 1987, se evidencia la realización de etnocidios en la violencia en Colombia, especialmente en las regiones indígenas:

En regiones de colonización, el genocidio ha ocurrido con más frecuencia que allí donde compiten economías modernas y tradicionales; dentro de las últimas, el etnocidio parece figurar en la agenda diaria; finalmente, en las llamadas regiones de economías deprimidas, como el Cauca indio, la gama de manifestaciones va desde los roces entre etnias diferentes hasta el aniquilamiento físico y cultural. La disminución y erradicación de sus causas se lograría impulsando acciones canceladas o aplazadas desde la conquista: primero, no definir al otro como inferior, y segundo oírlo (Sánchez, 2009: 97).

Además, el imaginario frecuente de que encontrarse con un indígena significa estar en riesgo de ser violentado, contaminado, asaltado, envenenado, abusado o en peligro de ser contagiado de una enfermedad, justificaría no solo el delito sino que, además, dicha acción se puede juzgar como salvadora para sí mismo o para otros, como preventiva de contagio, de corrupción: “La repugnancia constituye, abiertamente y sin concesiones, un criterio de juicio” (Nussbaum, 2012: 92). Juicio que se extiende a la sociedad no solo a través de la socialización familiar sino también a través de otros escenarios de socialización contemporáneos, como el mundo de los pares, de las redes sociales y de los medios masivos de comunicación.

Plasticidad de la repugnancia en el conflicto armado colombiano

Un rasgo fundamental de las emociones, que devienen en formas distintas de expresión, aparentemente contradictorias, es la plasticidad emocional que permite que nuevas experiencias maticen las emociones iniciales. Este rasgo es usado por los grupos armados para activar o desactivar una emoción a necesidad o conveniencia de sus intereses. Por ello, se puede activar la repugnancia para aumentar la ferocidad y la sevicia en relación con la víctima, también se puede desactivar nombrándola como un rasgo de debilidad o impotencia y se puede generar una condición de plasticidad al convertirla en resistencia que posiblemente esté permeada por el miedo, la ira y la vergüenza:

La plasticidad se da entre la misma persona como entre diferentes personas […] se pueden tener sentimientos de depresión en un momento, sentimientos de gran energía en otro momento, entonces debemos contar con esa plasticidad incluso en la misma persona a lo largo del tiempo. (Modzelewski, 2014: 325).

Igualmente, la plasticidad puede modificarse mediante otras experiencias que minimicen la fuerza de la emoción, por ejemplo, muchos menores consideran que lo que encuentran permaneciendo en el grupo armado, en razón de los afectos, de los vínculos, las nuevas experiencias y posibilidades, aminora el desagrado o el malestar que les puede generar tener que matar, e incluso puede incrementarse la repugnancia cuando se siente venganza, cuando el opositor ha eliminado a sus cercanos, es decir, la repugnancia se transforma en sevicia y alegría:

Testimonios consultados permiten intuir que muchos de los niños y jóvenes reclutados recuerdan con agrado su entrenamiento: “pasábamos contentos”, “aprendíamos muchas cosas”, dicen ellos. Posiblemente, muchos vieron realizados los sueños de portar en sus manos armas verdaderas y el estar cerca a los comandantes, y el duro entrenamiento físico a que fueron sometidos, los hizo sentir poderosos y fuertes. En un ambiente social y cultural, donde uno de los valores fundamentales es el machismo y la ostentación de valentía, el andar día y noche armado y estar en medio de comandantes poderosos debe haber sido, para muchos de ellos, una hazaña emocionante, que no sabemos hasta cuando les duró (Pachón, 2009: 11).

En este mismo sentido, la necesidad de cumplir la ley o los mandatos de los superiores, obliga a los niños y a las niñas reclutados a reprimir emociones, como la repugnancia que les produce tener que tomarse la sangre de sus víctimas en algunas ocasiones, desmembrarlas, enterrarlas, tirarlas a los ríos. No obstante, muchos de sus superiores les manifiestan que no hay que tener compasión con ellos, pues, según estos, la ley está siempre moralmente justificada. Según un joven desvinculado de las FARC: “A uno le dicen que la gente que uno mata es porque se lo merece, porque algo malo ha hecho, que a uno nunca lo mandan a matar a nadie sin razón” (J.B, 2012: 47). Así, los niños generan plasticidades que parten de la repugnancia, pasando por el endurecimiento y el acostumbramiento, deshumanizando y restando sensibilidad por lo humano, que desencadena en miedo, luego en reconocimiento y simpatía por parte de sus superiores y por el resto del grupo.

Conclusión

La repugnancia es una de las emociones primigenias que configuran las subjetividades en el marco de la vida social. Al igual que las demás emociones políticas, en razón de su plasticidad, permite que estas se puedan resignificar en la medida que se van teniendo nuevas experiencias en el mundo social y político. En esta medida, no es posible eliminar la repugnancia, pero si es posible resignificarla políticamente, de modo que no se expanda como ‘asco proyectivo’ generador de estigmatización y de exclusión social: “En definitiva, siempre necesitamos el espíritu poético, pero precisamos de él con mayor urgencia si cabe allí donde más inclinados nos mostramos hacia la escisión y la repugnancia” (Nussbaum, 2014: 231).

Dado que la repugnancia no es eliminable, incluso por lo que representa como una forma de defensa ante lo contaminante, lo que resulta problemático es su capacidad de generar ‘escisión’, insensibilidad moral y muchas formas de violencia en la sociedad. Sin embargo, también para quien la padece o presencia, la repugnancia podría resignificarse como una fuerza generadora de formas de resistencia, en tanto se hace insoportable seguir viviendo y padeciendo escenas constantes de humillación y denigración por acciones violentas, repugnantes, al tiempo que, para quien la ejerce en razón de la plasticidad de las emociones, la repugnancia podría convertirse en miedo o en culpa: “Mientras las creencias del victimario sobre la condición humana de su víctima muerta, no pueden más que contener una serie de rasgos humanos, la imaginación insiste en forzar esas creencias para ajustarlas a sus contenidos” (Uribe, 2009: 183).

Esto evidencia la presencia de un conflicto interno en el victimario, dado que no es posible, a pesar de sus deseos, eliminar la repugnancia. Este conflicto puede propiciar la necesidad del victimario de repensar lo que hace, incluso buscar no repetir las mismas escenas, que se pueden volverse para él en algo insoportable:

Toda la sociedad justa debe detectar y combatir ese síndrome. El asco proyectivo crece a partir de los mismos desasosiegos que inspiran el narcisismo infantil. Este (y tratándose de una parte más de este) solo puede superarse con el espíritu del amor (Nussbaum, 2014: 222).

En consecuencia, la repugnancia, así como puede generar acciones violentas y discriminatorias, también deja entreabierta la posibilitad de convertirse en resistencia, en tanto no se puede tornar difícil seguir presenciando esas formas de muerte denigrantes, lo que podría estar potenciando acciones sociales y colectivas para transformar estas formas de violencia en procesos de perdón y reconciliación, urgentes hoy para Colombia.

Referencias

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  • NUSSBAUM, MARTHA (2012). El ocultamiento de lo humano. Repugnancia, vergüenza y ley. Madrid: Katz editores.
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Contacto de la colaboradora
Mary Luz Marín Posada <maryl.marin@udea.edu.co>

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1. Este artículo forma parte de la investigación Repugnancia y Vergüenza: Narrativas del mal en el conflicto armado colombiano, que se realiza en el marco de los estudios de doctorado en Ciencias Sociales, Niñez y Juventud, de la Universidad de Manizales – CINDE. Colombia, 2017
2. Otorgarle a las víctimas el carácter de animal adjetivándolas como tal.