Publicado por el día 8 abril, 2018

Trabajo de campo en un contexto transnacional: entre Seúl y la Ciudad de México

Work field in a transnational context: Seoul and Mexico City

Dinorah Lizeth Contreras Aragón

Escuela Nacional de Antropología e Historia

Págs. 143-155

Recibido: 19 de febrero de 2017.
Aprobado: 14 de julio de 2017.

El presente artículo está basado en una ponencia homónima que formó parte del XIX Coloquio de Experiencia y Trabajo de Campo, organizado por la licenciatura en Etnología de la Escuela Nacional de Antropología e Historia, en abril de 2015.

Resumen

El texto que a continuación se presenta busca mostrar las implicaciones del trabajo de campo en un contexto transnacional para los estudiantes de antropología neófitos en la aplicación del método etnográfico. Haciendo uso del concepto de viaje, la autora relata desde su propia experiencia las dificultades que surgen de aquello que los antropólogos definen como observación participante.

Palabras clave: transnacionalismo, trabajo de campo, viaje, observación participante.

Abstract

The following text aims to show the implications of the work field in a transnational context for the Anthropology students neophytes in the application of the ethnographic method. By using the concept ‘journey’, the author tells from her own experience, the difficulties that arise from what anthropologists define as ‘Work field’.

Key words: Work field, journey, transnationalism, participant observation.

Introducción

Después de seleccionar un tema de tesis y construir un anteproyecto de investigación queda, para el estudiante de antropología, el trabajo de campo, salir, hacer el viaje, trasladarse. Todo esto implica un desplazamiento para el cual, la primera vez que nos enfrentamos a él cómo neófitos en la búsqueda de un temprano acercamiento al método etnográfico, estamos escasamente preparados, apenas por las anécdotas que los profesores de vez en cuando se toman la libertad de externar en sus horas de cátedra y las breves prácticas en terreno que dibujan en el imaginario ideas difusas sobre lo que implica dicha experiencia.

Con base en esto, por medio del relato de mi primera experiencia en campo siendo pasante de la licenciatura en Etnología en la Escuela Nacional de Antropología e Historia, el siguiente texto tiene por objetivo identificar las dificultades que surgen a partir de los primeros acercamientos al campo y el uso de la herramienta observación participante como parte del método etnográfico cuando el investigador o investigadora aún se encuentra en proceso de formación. Se introduce la noción de viaje, que nos introduce en el mundo del otro, más allá del desplazamiento geográfico, en tanto las formas de significación a las que se encuentra expuesto el aspirante a etnógrafo son variables y contrastantes.

Este relato se desprende de algunas notas del diario de campo del primer acercamiento para un proyecto de investigación, que en su momento estaba relacionado con el tema de la migración y la diáspora coreana1 El concepto diáspora coreana fue acuñado por la antropóloga argentina Carolina Mera en 2005. Algunas características que llevan a pensar a las comunidades coreanas en el mundo como diáspora es una fuerte pertenencia étnica e identitaria referenciada a Corea (República de Corea), así como la agrupación de los migrantes en barrios territorialmente localizados, la enseñanza de la lengua coreana a las siguientes generaciones, resproducción de habitos de consumo e interacción entre los miembros. Algunos de los que destacan son las iglesias y las organizaciones civiles que se vuelven espacios de interacción donde se reproducen ciertas formas de la cultura coreana material e inmaterial, como la gastronomía o la organización jerárquica basada en principios confucianos, fiestas nacionales, entre otros. en México, el cual se llevó a cabo entre dos espacios políticos, geográficos y culturales diferenciados: la Ciudad de México y Seúl (Corea del Sur) en julio-agosto y noviembre del 2014, respectivamente. Algo que es importante destacar, como se verá más adelante, es que la carga cultural de la que fui, en su momento, poseedora y probablemente en gran parte aún lo soy, tiene suma ingerencia en la concepción del “coreano” que fue creado e imaginado a medida que se llevó a cabo el acercamiento a su universo simbólico.

Lo que se presenta en este espacio es un ejercicio de reflexión basado en la sugerencia del antropólogo Marc Augé (2004), en su texto ¿Por qué vivimos? Él destaca que la observación, al ser la herramienta principal del método etnográfico, debe ser también puesta a prueba mediante la inversión de la observación, es decir, observarse el investigador a sí mismo como parte de la interacción con la cominunidad, lo cual tendrá implicaciones temáticas y metodológicas que servirán para “comprender que algunas de nuestras preguntas carecen de objeto, algunas de nuestras curiosidades son inútiles y algunas de nuestras inquietudes son infundadas”(p.114). Lo anterior, hipotéticamente conduciría a un replanteamiento de hipótesis y objetivos del trabajo que se busque realizar. A continuación, un breve esbozo de la experiencia vivida con el objetivo de acercarme a los coreanos en términos de rapport y conseguir el espacio para la observación participante. Es importante aclarar que las notas versadas en este texto no reflejan en su totalidad a la cultura ni a las formas de organización de los coreanos, pues, la cultura y la identidad de un pueblo siempre resultan ser más complejos de lo que alcanza la vista de un solo observador.

El viaje y el transnacionalismo

La presente ponencia se encuentra dentro del marco de la teoría transnacional de la migración. Los migrantes transnacionales –o transmigrantes- según lo sugieren los teóricos del transnacionalismo, son personas que, a pesar de haber dejado su terruño, continúan manteniendo una amplia red que los conecta con su lugar de origen y su lugar o lugares de llegada, manteniéndolos en un constante ir y venir entre sociedades, culturas, historias e identidades, como lo explica Nina Glik Siller (1992) en el texto Transnationalism: A New Analytic Framework for Understanding Migration.

Como parte del método, se destaca la preponderancia de la recopilación de información de corte cualitativo en campo sobre la vida cotidiana que se desarrolla en aquellos espacios en los que interactúan los migrantes, tanto en el lugar de partida como en el de llegada. Esta fue una de las razones que impulsaron mi interés por visitar Corea como un primer acercamiento a todo lo que encierra el mundo coreano. Y es que:

[…] en general, el trabajo de campo entraña el hecho de dejar físicamente el “hogar” (cualquiera que sea la definición que demos a este término) para viajar, entrando y saliendo de un escenario bien diferente […] Se requiere de una interacción intensa y “profunda” con aquellos de quienes pretendemos dar cuenta(Clifford, 2004: 79).

Claude Lévi-Strauss (1988), en su obra Tristes Trópicos describe una forma de desplazamiento particular de aquel que busca el conocimiento y entendimiento de un grupo específico de estudio:

Generalmente se conciben los viajes como un desplazamiento en el espacio. No basta. Un viaje se inscribe simultáneamente en el espacio, en el tiempo y en la jerarquía social […] Al mismo tiempo que nos transporta a millares de kilómetros, el viaje hace subir o descender algunos grados en la escala de los status. Desplaza, pero también desnaturaliza con respecto al medio normal -para mejor o para peor- y el color y el sabor de los lugares no pueden ser disociados del rango siempre imprevisto donde nos instala para gustarlos(p. 87-88).

Esta postura no solamente se refiere al desplazamiento geográfico del investigador -ya sea extenso o breve- sino al tránsito simbólico y social por el que se atraviesa y el lugar al que conduce y posiciona frente a la comunidad de estudio. En cierta medida, en las etnografías que fueron consultadas previamente al viaje, ya fueran clásicas o posmodernas, elaboradas desde occidente o etnografías de antropólogos mexicanos sobre alguna comunidad rural o urbana de nuestro país, salía a relucir la posición del antropólogo respecto al grupo de estudio. Inexperto o veterano, su formación universitaria2 Claro, hay muchas anécdotas que se cuentan en los pasillos de esta escuela respecto a la puesta en duda de las capacidades para escribir sobre cierto tema por parte de la comunidad a estudiar, pues, es cierto que la mayoría de las veces los más expertos en el conocimiento de un grupo son sus integrantes mismos y el etnógrafo depende de ellos para llevar a cabo su tarea. y/o su procedencia institucional no podía ser negada, ya que es común que se parta desde una institución hacia la comunidad y que esta sirva de escudo para los inconvenientes en terreno. Sin embargo, la situación en campo no es tan fácil como asumir “la autoridad del investigador” frente a los “investigados”. E ahí la paradoja: ¿Quién es el otro? ¿Quién es el observado?

Mientras me encontraba en México, yo era una universitaria “dentro” de lo que podría identificarse como mi “núcleo cultural” -algo de antemano complejo-. En este contexto, al convivir con coreanos dentro de mi país sería fácil suponer que eran ellos quienes debían adaptarse. A diferencia de esto, cuando llegué a Corea, yo no provenía de ninguna institución, ni de ninguna universidad, no contaba con ningún tipo de autoridad. Yo simplemente era una mujer de veintidós años que había arrivado desde México, que estaba “fuera” de su terruño, en un páis extranjero; ellos eran los que estaban “dentro” y, en consecuencia, yo era la que debía adaptarme. Sin embargo, como se verá más adelente, las fronteras cobrarían otro significado, y serían estas mismas las que operarían al momento de la interacción.

James Clifford (2004) sugiere que:

[…] una vez que la oposición estructurante entre antropólogo <nativo> y <de afuera> se desplaza, las relaciones entre el interior y el exterior cultural, entre el hogar y el extranjero, lo igual y lo diferente, que han organizado las prácticas espaciales del trabajo de campo, deben repensarse(p. 101).

Todas estas condiciones influyen de manera indirecta o muy directa a la hora de obtener datos en el campo. No solamente en términos acerca de quién es el extranjero y quién no lo es, quién se encuentra dentro y quién fuera. Esto también está relacionado con la edad y con el género del investigador.

A razón de lo anterior, considero pertinente de una vez advertir que mi acercamiento fue mayormente a coreanas que a coreanos, dicha particularidad se podrá ir descubriendo a lo largo del relato, en el cual se dejará entrever que, tanto en México como en Corea, me encontré “dentro” y “fuera” –al igual que le sucede a los coreanos con los que he trabajado- y que esta condición tiene poca relación con el espacio o con la geográfía.

De la Ciudad de México a Seúl

Mi viaje comenzó en el año 2014, durante la inauguración de una exposición fotográfica en la estación Ermita de la línea 12 del Sistema de Transporte Colectivo (Metro) en la Ciudad de México. Su nombre era “La belleza de Corea y sus palacios”, había sido organizada por el Centro Cultural Coreano y la Embajada de La República de Corea en México3Es necesario puntualizar que el nombre oficial de Corea del Sur es República de Corea, mientras que el nombre oficial de Corea del Norte es República Democrática de Corea.. Ahí, un joven coreano se acercó a mí para brindarme una información. Un evento internacional se llevaría a cabo en la Ciudad de México y su fraternidad estaba buscando voluntarios para la organización del mismo. Yo, por supuesto, estaba en busca del famoso “dato etnográfico”, así que mostré interés en lo que él me decía.

Posteriormente, decidí buscar información en internet sobre dicha institución y agregarlos a mi cuenta en la red social Facebook. Esta resultó ser una fraternidad internacional de origen coreano con el objetivo de formar a los jóvenes gracias al intercambio cultural y la enseñanza de valores fundamentados en el cristianismo.

Mes y medio después descubrí algunas fotografías en su página de internet que ilustraban sus actividades, y entonces fui consciente de la oportunidad para mi investigación que estaba desperdiciando. Escribí un correo electrónico preguntando si aún podría integrarme como voluntaria a su equipo de trabajo y ellos enseguida respondieron que no existía ningún inconveniente y que me presentara cuanto antes a sus instalaciones.

De inmediato acudí al lugar. En el primer piso de un edificio con cristales estaba la sede, que también resultó ser un espacio que funcionaba como iglesia. Entré y por casualidad ese día trabajaba el equipo VIP, al cual se le había asignado la tarea de la preparación de la recepción de los invitados especiales del evento: delegados, diputados, senadores y embajadores. Al ver mi rostro lleno de incertidumbre una mujer joven, de origen coreano, se acercó y comenzó a hablar conmigo acerca de quién era y como había llegado ahí. De momento decidí no hablar de mi proyecto de investigación, del cual estaba cada vez más perdida y sin saber hacia dónde avanzar. Así que solo me ofrecí como voluntaria.

Durante mi periodo de voluntariado, además de convivir con ellos, debía realizar actividades que ayudaran a la organización del evento. Desde entregar cartas a las embajadas, hasta cuidar y guiar a jóvenes coreanas por la Ciudad de México, e incluso limpiar ventanas y trapear pisos. Esta oportunidad fue bastante útil para mi investigación, ya que por medio de charlas informales que tenían lugar en la iglesia, en la calle, en el metro, caminando en un parque, en un restaurante, en un puesto de sopes y quesadillas, etcétera, fue que logré acercarme a la realidad de los migrantes coreanos, sobre todo a las mujeres. Algo que era constante, era hablar sobre el significado del pecado, algunas oraciones y lecturas bíblicas. No obstante, no le di mayor importancia a este aspecto, solo pensé que se trataba de algo más con qué lidiar para llegar a las historias de los coreanos que eran partícipes de la comunidad. Sin embargo, no era la única mexicana, de hecho, en su mayoría se trataba de jóvenes mexicanos los que apoyaban en las diferentes actividades (debo decir que muchos de ellos solo buscaban estar junto a personas del país de origen de sus ídolos del kpop4Pop coreano. El kpop forma parte del movimiento hallyu (ola coreana) que busca dar a conocer Corea del Sur y algunos elementos distintivos de su cultura (en gran parte productos del entretenimiento mediático como telenovelas, música, cine, etcétera. Recientemente se incluye a la comida, la lengua, deportes e incluso moda y maquillaje).).

Derivado del acercamiento a campo, advertí que los coreanos dan un valor muy importante al trabajo, pero siempre dentro de un grupo social estratificado, dentro del cual cada uno cumple una función específica que está relacionada con la posición que se ocupe dentro de la jerarquía, y que debe tratarse con explícito respeto a las personas que se encuentran en una posición más alta que la propia -Cuando lleguen los VIP, recuerden que ustedes solo son como la sombra de ellos, no pueden llamar su atención, nos indicaba una mujer coreana a los mexicanos que estábamos encargados de la recepción para el evento internacional que recibiría la fraternidad. Se trataba del concierto de un reconocido coro que formaba parte de la organización.

A medida que uno se involucra en su rol de trabajo, poco a poco los coreanos lo recompensan e involucran más en sus actividades, esto podría interpretarse como una expresión de confianza, pero que implica un mayor grado de responsabilidad. Aunque, el establecer relaciones basadas en una estricta jerarquía podría resultar desconcertante para quienes no apelamos a este principio para acercarnos a cualquier otro, es importante tomar en consideración que:

Durante aproximadamente dos mil años, los coreanos fueron cuidadosamente condicionados para conducirse entre ellos de acuerdo a un estatus social minuciosamente definido basado en el género, la edad, la clase, la educación y la posición oficial. Esto hizo a los coreanos extraordinariamente sensibles al […] rango, y a todos sus símbolos […] Por su puesto, ésta (sic) no es una característica única de los coreanos […] tanto en Corea, China, Japón, y otras sociedades asiáticas con influencia confuciana, el uso formal de los títulos permea la sociedad y es esencial mantener estas formas en las relaciones con las personas, ya sea que se trate de una relación amistosa [familiar] o de un encuentro casual(LaFayette, 2012: 38)5 Traducción propia, del inglés al español..

En un parque ubicado cerca del metro Popotla, en la Ciudad de México, me recuerdo en medio de una de sus conversaciones después de una rutina de limpieza que formaba parte de los preparativos para el campamento mundial. Eran siete coreanos, entre hombres y mujeres. Ellos estaban riendo y hablando coreano en voz muy alta. Parecía que estaban bromeando. Todos eran jóvenes, más o menos de la misma edad. De un momento a otro una joven de ellos volteó hacia mí: -Sí entiendes, ¿No?, me preguntó. -Un poco, respondí, creo que están hablando de comida. Ella rio y asintió. Después de eso, un joven me preguntó mi edad. No supe responder, pues, en Corea el año de nacimiento es el primer año de edad. Entonces cambió de pregunta: -¿En qué año naciste?, me preguntó. -En el noventa y dos, respondí -¡Ah! Yo, en el noventa y uno, llámame oppa6오빠.- Palabra utilizada por las mujeres para nombrar al hermano mayor.. Esto está directamente relacionado con una relación jerárquica en la cual yo debía mostrarle respeto a él por ser mayor, además de hombre.

Con este ejemplo, quiero resaltar la importancia que tiene el trabajo, sobre todo el trabajo en equipo, el “trabajo duro”, como ellos dicen, para la integración a la comunidad y el respectivo posicionamiento en la jerarquía, sobre todo cuando se trata de un papel subordinado desde el cual debes mostrar respeto a los mayores. De ahí que cuando les comenté mis intenciones de visitar Corea del Sur ellos accedieran a ayudarme y conseguirme alojamiento en una de sus iglesias, específicamente en la región de Anyang, a treinta minutos del centro de Seúl.

* * *

Eran aproximadamente las dos de la tarde del 17 de noviembre del año 2014. Mientras miraba por la ventana del avión, podía observar el azul turquesa del agua que baña la costa de la península coreana. Los rayos del sol eran tan brillantes que mi vista alcanzaba la sombra del avión reflejada en el mar mientras lentamente descendía para aterrizar en el aeropuerto de Incheon, el cual se encuentra en una isla cercana a la península. Llamaba mi atención el color del techo de los edificios que podía percibirse desde arriba, era un azul brillante que predominaba en manzanas geométricamente bien definidas.

Tenía en mi móvil la dirección de la iglesia escrita en hangul,7Sistema de escritura coreana la señorita Im, quien se había hecho cargo de mi alojamiento, me la había enviado de esa manera por un mensaje de texto. Así que pedí a la joven pareja que se encontraba sentada al lado de mí en el avión que por favor escribieran la dirección en inglés. La reacción de la joven mujer fue mirar a su compañero con incertidumbre y seguido de eso esconder su rostro sobre su hombro. El joven con una sonrisa accedió a escribir en mi pequeña libreta la dirección y además me indicó cual era la estación del metro más cercana a mi destino. Resulta que me dirigía hacia Anyang, una pequeña ciudad ubicada al sur de Seúl, la capital. Aunque, como sucede en la Ciudad de México, los límites y las fronteras se encuentran desdibujados debido al crecimiento urbano.

Al descender del avión las cosas no fueron fáciles. Había que buscar la manera de encontrar la dirección y llegar por mi cuenta. Pero, en este mundo globalizado ¿Cuáles son los obstáculos? ¿Qué no son los aeropuertos lugares neutrales aptos para la supervivencia de cualquier persona, incluso hasta para el extranjero más despistado? Las particularidades de cada lugar subyacen inevitablemente. Ahí ya podía advertirse la primera dificultad, -debí haber puesto más esfuero en el aprendizaje del coreano, pensaba constantemente. Con todo y esto, tenía tres tareas que cumplir antes de llegar a mi destino final: conseguir dinero de un cajero automático, recoger el dispositivo móvil con internet que había alquilado previamente y comprar mi boleto de autobús a la ciudad de Anyang.

-No, la globalización no me está siendo muy útil. Todos los cajeros del aeropuerto rechazan mi tarjeta. No puedo leer hangul, no puedo hablar coreano, apenas puedo pronunciar “Hola” (안 녕하세요/annyeonghaseyo), “Gracias” (감사합니다/gamsahabnida) y “Mi nombre es Dinorah, soy mexicana” (내이름은Dinorah입니다, 멕시코사람입니다/nae ileum-eun Dinorah-ibnida, megsikosalam ibnida). El inglés es simplemente inútil, tengo alrededor de doscientos pesos mexicanos en la cartera y no sé cómo sobreviviré con tan poco, todo eso pasaba por mi mente mientras la desesperación se apoderaba de mí, aunado a que la ayuda de aquellos a quienes pedía información no era suficiente.

Después de dos horas y media de frustración y malos entendidos, conseguí el internet y el boleto para Anyang. Aunque cuando estuve a punto de abordar el autobús no supe exactamente de qué andén saldría y lo perdí, no importaba, ya había perdido dos horas y media de mi tiempo, podría esperar media hora más por el próximo.

El viaje en autobús resultó interesante. Viajaba sobre el largo puente que conecta la isla de Incheon con la península. Desde la ventana se podía apreciar el atardecer, sobre el Mar Amarillo estaba el gran astro, ese momento del día en el que el agua y el sol se encuentran, este reflejando sus dorados rayos sobre el primero, anunciando la próxima llegada del cielo estrellado. Sin embargo, más adelante, entrando en la península, fui sorprendida por enormes tiraderos de basura y grandes almacenes, los cuales no sabía exactamente qué escondían detrás de sus paredes, tráileres y viejos camiones, mientras varios obreros se movían de un lado a otro. Al entrar en la ciudad de Seúl pude apreciar aquella metropolí de enormes rascacielos y puentes elevados, teñida con un color grisáceo, pintada con el futurismo tecnológico propio de las grandes ciudades del este asiático.

Cuando finalmente llegué a la ciudad de Anyang, cerca de la estación del metro Bomgye, ya había oscurecido y la noche se había vuelto un poco más fría mientras esperaba en la estación al encuentro con mi anfitriona. Sentada en los márgenes de un modesto parque, observaba frente a mí los edificios llenos de luces multicolores, el invierno estaba cerca y parecía que la gente comenzaba a tomar sus precauciones.

Cuál fue mi sorpresa al descubrir que quienes habían ido a recogerme eran dos colombianas que vivían ya desde hacía casi ocho meses en Corea, en aquella iglesia en la que yo sería alojada. Al encontrarme, dijeron: -¡Ah! Tú eres la mexicana, seguido de eso un fuerte abrazo diciendo -hace tanto tiempo que no abrazamos a nadie, los coreanos no se abrazan. Ellas estaban radicando temporalmente en dicho país debido a que ejercían su voluntariado en la fraternidad de jóvenes, que a su vez formaba parte de una misión cristiana bautista.

La iglesia estaba ubicada en un barrio de clase media. En él las calles me eran bastante parecidas a las de la Ciudad de México, había pequeñas tiendas de comestibles, gente en las calles trabajando y puestos de comida. Recuerdo muy bien el puesto de verduras de una mujer mayor que siempre tendía en el piso, en la esquina de un parque, mientras ella permanecía sentada en una pequeña silla esperando algún cliente. Si caminaba algunos pasos más, encontraba un gran centro comercial con marcas nacionales e internacionales y productos lujosos y de altos precios. Frente a este, un paradero de autobuses, los cuales salían hacia distintos destinos, por supuesto ahí se aglomeraba la gente, pero nunca percibí algún conflicto, todos siempre esperaban su turno en orden. Mentiría si dijera que las calles eran impecablemente limpias, pues, no lo eran, pero tampoco alguna vez encontré basura apilada en alguna esquina.

Percibía a los coreanos como personas que siempre procuraban hacer su trabajo eficientemente, les gustaba que las labores se desempeñaran con rapidez y satisfactoriamente, esto explica la confusión que mostraban cada vez que yo me perdía en sus explicaciones sin poder entender su idioma porque yo no podía actuar con eficacia.

Era común ver a los jóvenes un poco más relajados, siempre vestidos con la ropa en tendencia, muy pendientes de sus teléfonos inteligentes. El metro era bastante callado y no existía ningún vendedor ambulante en algún vagón. Al igual que en el metro de la Ciudad de México, la gente evitaba el contacto visual, algunos leían, otros dormían, mientras las personas que permanecían de pie aguardaban a la espera de que se desocupara un asiento.

Al llegar a la iglesia noté un gran silencio que envolvía todo el lugar. Más allá de la idea que tengamos los mexicanos acerca de dichos recintos arquitectónicos, lo que vi era totalmente distinto. Se trataba de un edificio de varios pisos, parecía más un centro comunitario. Tenía una gran puerta de cristal, frente a esta, en el fondo estaba ubicado un elevador, a la izquierda unas grandes escaleras en forma de caracol que conducían a la casa pastoral y al auditorio destinado para predicaciones y cultos, y a la derecha la entrada al comedor. Cerca de la puerta de cristal había una oficina y un salón de clases. Después supe que ahí era donde las jóvenes colombianas tomaban todos los días por la mañana, después del desayuno, su clase de idioma coreano.

Entramos en el comedor, un lugar que permanecía en completa oscuridad. Se componía de tres mesas rectangulares y largas, cada una con una capacidad más o menos para cincuenta personas. Al fondo, una luz encendida que alumbraba una cocina con utensilios industriales y grandes cacerolas, la cual conectaba con el comedor al través de una barra que servía para poner las diferentes comidas del día y en la que cada uno tomaba un plato para servirse de los diferentes guisos que diligentemente preparaban las mujeres.

La comida del pastor principal siempre se servía en recipientes especiales, separada de la del resto. Dentro de la cocina había un pequeño comedor circular, donde habitualmente comían las mujeres, jóvenes y adultas encargadas de las tareas relacionadas con los alimentos. Todas las mañanas, a las siete en punto, se servía el desayuno, el cual estaba compuesto por varios platillos de verduras curtidas, en el que nunca faltaba el kimch8El kimchi es un platillo de acompañamiento que forma parte de la dieta básica de los coreanos junto con el bap, arroz blanco. Consiste en una serie de verduras, comúnmente col china, acompañadas de una salsa de chiles rojos, ajo y sal. Esta preparación es puesta en almacenamiento para su fermetanción y posterior consumo. y el arroz blanco. A las doce del día era el momento del almuerzo, que diariamente consistía en una ración de sopa de fideos caliente. Alrededor de las cinco de la tarde se servía la cena, en la que los platillos eran similares a los del desayuno.

Las encargadas de cocinar eran las mujeres mayores, y al final, cuando todos habían concluido con sus alimentos, las encargadas de limpiar la cocina y lavar la loza y la batería eran las jóvenes. Las de mayor edad dentro del grupo de las jóvenes se tomaban la libertad de no llevar a cabo dicha tarea ya que eran eonni9언니.- Palabra utilizada por las mujeres para nombrar a la hermana mayor. o sumbae10순배.- Palabra utilizada tanto por hombres y mujeres para nombrar a alguien que tiene una mayor habilidad para realizar alguna tarea, algún grado académico o laboral más alto. y preferían ir a prepararse para salir a tiempo a la universidad. Llamaba mi atención que durante el tiempo de mi estancia, las únicas que llevaban a cabo la rutina de limpieza eran las jóvenes colombianas y la menor de las jóvenes coreanas, quien contaba con catorce años de edad.

Yo me encontraba en calidad de visitante, aun así convivía con las jóvenes como miembro de la iglesia. Dormía en una habitación del segundo piso con ocho compañeras, entre ellas las jóvenes colombianas. La entrada al dormitorio se encontraba a un costado del comedor. Primero se entraba en un pequeño cuarto en el que había bastantes zapatos, era el área en el que uno se despojaba del calzado, ya que a partir de ahí comenzaba la casa. Al subir por unas escaleras de madera, al fondo de un largo pasillo había una puerta que daba al dormitorio. El piso estaba cubierto por una imitación de madera y se sentía tibio debido al sistema coreano de calefacción del suelo llamado ondol.

A la hora de dormir, generalmente después de las lecturas bíblicas, alrededor de las diez de la noche, cada una tomábamos sábanas y cobijas y las tendíamos en el piso; las menores las compartíamos, no importaba mucho cuales utilizáramos, pero nunca nos estaba permitido tomar las de la eonni mayor.

La eonni mayor -su edad rondaba entre los treinta- mantenía constantemente una relación distanciada del resto, su mirada se mostraba evasiva, permanecía en silencio y rara vez se le veía sonreir o convivir con el resto de las jóvenes. De la misma manera, las mujeres mayores siempre recurrían a la autoridad de la que estaban investidas para asignar las tareas y proporcionar permisos. La joven más pequeña, quien era parte del mismo grupo e hija del pastor principal, siempre me mostró respeto, se dirigía hacia mí en voz baja y un poco temerosa, de vez en cuando ella me llamaba eonni y escondía la mirada entre el suelo y su regazo. Para mi fortuna, la única joven coreana que era de mi edad hablaba español debido a que había vivido durante un año en Bolivia. Ella era la encargada de traducir para nosotras (colombianas y mexicanas) lo que no entendiéramos en los círculos de lectura de La Biblia o los cultos.

Para escuchar la palabra había que reunirse en grupos, las jóvenes debían reunirse durante la noche, momento en el que todas regresaban de sus ocupaciones. En una habitación con alguna mesa rodeada de sillas en la que la esposa de uno de los pastores predicaba mientras todas esuchaban atentas, tomaban notas y ocasionalmente daban lectura a su respectivo libro sagrado: una verisón en coreano de la edición bíblica Reina Valera.

El día de mi partida me invadía la sensación de no haber aprendido absolutamente nada de la cultura coreana, que hasta cierto punto me había resultado algo abrumadora. Tenía el presentimiento de que mi trato con los coreanos no había mostrado ningún progreso. Los mayores nunca se dirigían hacia mi persona, no mostraban interés y no me miraban directamente. Fue solamente durante las últimas horas de mi estancia en la iglesia, cuando por petición de una de las jóvenes colombianas, uno de los pastores accedió a llevarme en su camioneta a la estación del autobús. Durante el trayecto, aquel hombre que me parecía de aspecto severo y estricto, cambió su forma de dirigirse hacia mí en tanto fue enterado por voz de la colombiana que yo podía hablar japonés, el también podía hacerlo y se entabló una breve charla.

Así, sin advertirlo y debido al choque cultural que experimenté, no me fue fácil vislumbrar que de algún modo había aprendido valiosas lecciones sobre cómo relacionarme con coreanos: el papel fundamental que tiene el aprendizaje de la lengua y el respeto hacia los mayores, lo que, sin duda, saldría a relucir luego de algunas reflexiones sobre el trabajo de campo una vez habiendo establecido un alejamiento netamente pertinente y necesario.

Buscando la observación participante

En general, ser extranjera, y sobre todo mexicana, no me dotó de ningún privilegio durante mi estancia en el país asiático, ya que tuve que adaptarme al orden jerárquico de la sociedad coreana, y eso no fue una tarea fácil. Considero que fue ahí cuando comencé la observación participante, sin si quiera advertirlo, pues, la posición me fue asignada automáticamente por lo mayores, y con base en esta era que las personas se dirigían hacia mi persona.

Además, por tratarse de un círculo religioso, mi ocupación de estudiante de antropología me trajo algunos conflictos, ya que, mientras yo me esforzaba, respondiendo a la supuesta ética del investigador, en reservarme mi postura personal respecto a la religiosidad y limitarme a la observación, poco a poco construí una barrera que al ser derrumbada por la eonni mayor por medio de preguntas relacionadas con mi espiritualidad, me fue imposible reconstruir. Constantemente se me cuestionaba sobre si creía en que iría al cielo después de la muerte o si creía en Dios, a lo cual, yo siempre respondía con evasivas, lo cual, al transcurrir los días aumentó la tensión entre la eonni y mi persona.

Por su parte, aquella joven de mi misma edad, quien hablaba español por haber estado ejerciendo su voluntariado en Bolivia buscaba poner en práctica la predicación conmigo; al comentarle que yo había estudiado antropología y que esa era la forma en la que yo me explicaba la realidad, increpó: -Yo sé qué es eso, en la universidad he tomado algunas clases, pero yo sé que aunque parezca verdad, no es la verdad. Dios es la verdad. Mientras escuchaba sus palabras, solo podía pensar en la cuestión de los límites del trabajo de campo, ¿Hasta qué punto la investigación puede mantenerse aislada de los límites entre la subjetividad y la objetividad? Si la observación participante era la vía posible, entonces habría que reconsiderar algunos aspectos sobre mi relación con la comunidad y el papel que desempeñaría dentro de la misma, sobre todo mi postura frente a su doctrina.

Considero que de ahí surgió la primera dificultad, es decir, el no ser consciente de que no solo me encontraba tratando con coreanos que constantemente se mueven entre países, sino que se mueven por y para su iglesia y su fe. Antes de establecer cualquier contacto con la iglesia en México, mis encuentros con coreanos a quienes les comunicaba mis intensiones habían sido un tanto desafortunados, les interesaba conocer mis objetivos, estaban dispuestos a contestar entrevistas solo si mis pregruntas eran claras y concisas, además del hecho de ser yo para ellos una desconocida que buscaba indagar en su vida privada.

Cuando pisé por primera vez la iglesia en la Ciudad de México, mis ideas sobre los objetivos de mi investigación aún no eran claras, y basada en mis experiencias previas, decidí no mencionar todo lo relacionado con mi proyecto y poner más énfasis en el rapport antes que en cualquier otra tarea. En cuanto a mi papel dentro de la comunidad, al llegar a Corea este estaba absolutamente fuera de los márgenes de mi reflexión, el único objetivo era llegar y observar, considerando que ese fue el mayor tropiezo, esto influyó de forma significativa en mi primer acercamiento a la comunidad y los conflictos que de ello derivaron, sobre todo en los momentos de las predicaciones.

La observación participante es

[…] un proceso metodológico relativamente desestructurado mediante el cual un observador toma parte en las actividades cotidianas, en los rituales, en las interacciones, en los sucesos en los que participa la gente estudiada, con el fin de aprender los aspectos explícitos e implícitos de la cultura(Ferrándiz, 2011: 87).

Tomando en cuenta esta definición, los cuestionamientos comenzaron a llegar a mi mente ¿Cómo podría recurrir a la observación participante sin desarrollar un grado de integración considerable con la comunidad? ¿Hacia donde el uso de esta herramienta conduciría mi trabajo y qué implicaciones tendría en los resultados y más aún, en mi vida personal? Si continuaba con mi negación a escuchar y ser partícipe de las predicaciones no habría manera de dar un paso adelante.

Tanto en la ciudad de México como en Corea, tuve que participar activamente en el rol de joven miembro de la iglesia y mostrar respeto a los mayores, realizar las tareas que se me asignaban, no era cuestión de decisión, era cuestión de un deber que adquiría automáticamente al colocarme dentro de la jerarquía, nunca explícita de la iglesia. Fue hasta el año 2015 cuando comuniqué for-malmente a las autoridades de la iglesia en México mis intenciones de desarrollar una investigación sobre su comunidad, y a finales del mismo cuando se aplicó la primer entrevista formal.

De esta manera, la observación participante resultó para mi investigación, en particular, la herramienta más útil para la obtención de datos, pues, me permitió tener acceso a información y momentos de la vida cotidiana que difícilmente hubiese conseguido colocándome únicamente desde el papel de un investigador que de entrada hubiese condicionado los datos a los que tendría acceso. Sin embargo, la posición jerárquica en la que se me colocó me limitó únicamente al ámbito de los jóvenes y las mujeres, pero aunque sí se llegaron a entablar conversaciones cortas con los hombres en México, no fueron tan consistentes como lo fueron con las mujeres y los jóvenes, ya sea en Seúl o en la Ciudad de México.

Conclusión

Cuando nos enfrentamos, como estudiantes, ante el reto de lograr el trabajo de campo, la información puede parecernos dispersa, poco útil e incluso ausente. La respuesta de aquellos que decidan colaborar con la investigación depende de las condiciones en las que esta se lleve a cabo y la postura del investigador ante los hechos influirá de manera significativa. Cuando se retorna del viaje y se toma distancia del mismo, cuando nos percatamos sobre lo que conlleva y representa el “dentro y fuera”, es cuando uno es capaz de realizar un análisis profundo de aquello que se ha presenciado, es decir, el momento de la inversión de la observación o la observación de la participación(Ferrándiz, 2011), el cual servirá para que la o las preguntas de investigación sean replanteadas.

Así mismo, el viaje es de suma importancia, pues, nos permite situarnos en el afuera y en el adentro, pero ¿Es posible establecer límites claros? En Seúl, cuando pasaba el tiempo con las jóvenes colombianas, de alguna manera me pensaba dentro de mis referentes culturales, pero al mismo tiempo me encontraba en observación participante al darme cuenta de cómo es que ellas establecían su relación con los coreanos, por ejemplo: solamente la mayor de ellas podía hablar con uno de los jóvenes hombres que vivían en la iglesia porque tenían la misma edad. Al mismo tiempo, en la Ciudad de México, cuando los jóvenes coreanos bromeaban en el parque, yo me ubicaba fuera aunque estuviera dentro de mi propio país.Y aquí uno de los elementos que influía de forma determinante era el uso de la lengua coreana, ya que no solo comunica, sino que también es una herramienta que posiciona al individuo como parte del grupo. En este sentido, es fundamental su uso y aprendizaje para quienes busquen un acercamiento al campo relacionado con la cultura coreana en Corea.

Con esta intervención, lo que se pretende es incentivar a los estudiantes, que aún guardan dudas respecto a los procedimientos del trabajo de campo, a salir de sus aulas y enrolarse en el viaje, ya que es verdad que la única manera de aprender a hacer uso de esta herramienta de investigación es en el campo mismo, estando ahí, viajando, desplazándose de lo conocido a lo desconocido, aunque su ubicación geográfica no sea tan lejana y esté a unos cuantos pasos, porque el adentro y el afuera pueden estar superpuestos en el mismo espacio, no queda más que encontrarlos.

Referencias

AUGÉ, MARC (2004). ¿Por qué vivimos? Por una antropología de los fines. Barcelona, España: GEDISA.

CLIFFORD, JAMES (2004). Itinerarios transculturales. España: GEDISA.

FERRÁNDIZ, FRANCISCO (2011). Etnografías contemporáneas. Anclajes, métodos y claves para el futuro. México: Universidad Autónoma Metropolítana Unidad Iztapalapa, División de Ciencias Sociales y Humanidades.

GLICK SCHILLER, NINA (1992). “Transnationalism: A new Analytic Framework for Under-standing Migration”. En: Towards a Transnational Perspective on Migration. Race, Class, Ethnicity and Nationalism Reconsidered, Nueva York: Annals of the New York Academy of Sciences, Volumen 645.

LAFAYETTE DE MENTE, BOYÉ (2012). The Korean Mind. Singapore: Tuttle.

LÉVI-STRAUSS, CLAUDE (1988) Tristes Trópicos. Barcelona: PAIDOS.

MERA, CAROLINA (2005). Diáspora coreana en América Latina. Argentina: Universidad de Buenos Aires. Recuperado de http://www.uba.ar/ceca/download/mera.pdf

Contacto de la colaboradora:
Dinorah Lizeth Contreras Aragón dinohliz@gmail.com>

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1. El concepto diáspora coreana fue acuñado por la antropóloga argentina Carolina Mera en 2005. Algunas características que llevan a pensar a las comunidades coreanas en el mundo como diáspora es una fuerte pertenencia étnica e identitaria referenciada a Corea (República de Corea), así como la agrupación de los migrantes en barrios territorialmente localizados, la enseñanza de la lengua coreana a las siguientes generaciones, resproducción de habitos de consumo e interacción entre los miembros. Algunos de los que destacan son las iglesias y las organizaciones civiles que se vuelven espacios de interacción donde se reproducen ciertas formas de la cultura coreana material e inmaterial, como la gastronomía o la organización jerárquica basada en principios confucianos, fiestas nacionales, entre otros.
2. Claro, hay muchas anécdotas que se cuentan en los pasillos de esta escuela respecto a la puesta en duda de las capacidades para escribir sobre cierto tema por parte de la comunidad a estudiar, pues, es cierto que la mayoría de las veces los más expertos en el conocimiento de un grupo son sus integrantes mismos y el etnógrafo depende de ellos para llevar a cabo su tarea.
3. Es necesario puntualizar que el nombre oficial de Corea del Sur es República de Corea, mientras que el nombre oficial de Corea del Norte es República Democrática de Corea.
4. Pop coreano. El kpop forma parte del movimiento hallyu (ola coreana) que busca dar a conocer Corea del Sur y algunos elementos distintivos de su cultura (en gran parte productos del entretenimiento mediático como telenovelas, música, cine, etcétera. Recientemente se incluye a la comida, la lengua, deportes e incluso moda y maquillaje).
5. Traducción propia, del inglés al español.
6. 오빠.- Palabra utilizada por las mujeres para nombrar al hermano mayor.
7. Sistema de escritura coreana
8. El kimchi es un platillo de acompañamiento que forma parte de la dieta básica de los coreanos junto con el bap, arroz blanco. Consiste en una serie de verduras, comúnmente col china, acompañadas de una salsa de chiles rojos, ajo y sal. Esta preparación es puesta en almacenamiento para su fermetanción y posterior consumo.
9. 언니.- Palabra utilizada por las mujeres para nombrar a la hermana mayor.
10. 순배.- Palabra utilizada tanto por hombres y mujeres para nombrar a alguien que tiene una mayor habilidad para realizar alguna tarea, algún grado académico o laboral más alto.